Hoy por la mañana alguien entró a mi cuarto irrumpiendo abruptamente mi placentero sueño.
Es verdad que sólo faltaban unos minutos para que sonara el despertador (además, ya estaba despierta), pero igualmente me sorprendí con la entrada intempestiva de aquel intruso: mi criatura.
Como buen adolescente, había dejado un pendiente para el último minuto. Pero antes, déjame darte un poco de contexto: la noche anterior fuimos a comprar un tipo de hojas especial para que pudiera imprimir una tarea de la escuela. Sin embargo, al llegar a casa, en lugar de dedicar tiempo a completar esa tarea, optó por jugar videojuegos. Ya entrada la noche, cuando le pedí que apagara la consola para ir a dormir, en un arranque de responsabilidad extemporánea, objetó: “No, mamá, es que todavía tengo que imprimir la tarea”. Mi respuesta fue clara: “Hay un momento para todo, y éste es el momento de dormir”.

A la mañana siguiente, cuando intentaba imprimir su tarea, tal como dicta la consabida ley de Murphy, no encontró las hojas. Entraba y salía de la casa, revisó por todos lados (mi cuarto incluido), encendió luces, abrió puertas... pero no las encontró. Me pidió ayuda y buscamos juntos, pero las benditas hojas parecían haberse esfumado.
“Y ahora ¿qué hago, mamá?”, preguntó. “Asumir la decisión que tomaste de no haber cumplido con la obligación antes que con la diversión”, respondí.

Minutos después, encontró un paquete de hojas olvidadas hacía años. No eran exactamente lo que necesitaba, pero funcionaban. Me pidió ayuda para imprimir su tarea, y logramos hacerlo de forma razonablemente correcta. Más de una ocasión tuve que morderme los labios para no soltar una asertivo y bienintencionado “te lo dije”.
Finalmente, la tarea fue completada.
El problema fue que, entre tanto caos, salimos tarde de casa. Pero ya en el carro, con más serenidad, le pregunté: “Bueno, de todo esto, ¿qué aprendiste?”. “¡Uy, muchas cosas!", respondió. Y comenzó a enumerarlas: “No dejar todo para el final, planificar mejor”, y otras más.
De todas las enseñanzas enumeradas, hay una que quise destacar:
Cuanto antes aceptes la realidad, antes podrás transformarla.

Quizás suene rimbombante y contradictorio, pero así es como funciona: cuando aceptas lo que está pasando, tu cerebro deja de resistirse y empieza a buscar soluciones.
Cuando mi hijo aceptó que no encontraría las hojas, inmediatamente buscó otra manera de resolver la situación (porque, mientras no lo aceptaba, invirtió, y yo con él, tiempo valiosísimo).
Nos pasa a todos.
Por eso es tan importante aceptar lo que está ocurriendo en tu vida:
- ¿No hay agua caliente? En vez de lamentarte por no haber pagado el recibo, busca soluciones: calienta agua, usa una resistencia (me refiero a ese alambre en espiral que sirve para generar calor, no a la que estamos tratando de erradicar), vete al gimnasio o a casa de tus padres.
- ¿Tu perro se comió tus calcetines? Puedes enojarte y perder tiempo regañándolo, pero eso no cambiará el hecho de que no tienes calcetines qué ponerte. Mejor encuentra soluciones, como el estilo semi-formal, atrevido y elegante.
- ¿Consideras que tu suegra o alguna otra persona son un verdadero dolor de muelas? En lugar de vivir con sufrimiento, acepta las diferencias y busca una nueva forma de vincularte con esas personas.
Aunque esta historia es personal, quise compartirla contigo para que te hagas algunos cuestionamientos: ¿Qué es aquello que aún no has logrado aceptar? ¿Qué situaciones te están haciendo sufrir? ¿Por qué sigues resistiéndote a ellas? ¿Has notado que aceptarlas es un buen inicio para empezar a resolverlas?
No te digo que aceptar que existe un problema hará que éste desaparezca como por arte de magia. Pero lo que sí te aseguro que sólo cuando lo asumas será posible encontrar el poder que tienes para resolverlo.
Yo soy Karolina Kasas, y te invito con todo mi corazón a que tomes la decisión de crear la realidad que realmente quieres vivir.
Acéptalo, asúmelo y actúa en consecuencia.