Ser amable: el gran secreto a voces

Hay palabras que tienen la elegancia de un vestido bien hecho: se ajustan con naturalidad, lucen bien en cualquier ocasión y nunca pasan de moda. "Amable" es una de esas palabras. 

En su forma más cotidiana, es el aliño de la cortesía, la dulzura del trato o el abrigo del buen corazón. Es una palabra que evoca gestos como ceder el paso, sonreír sin motivo aparente y decir “gracias” con la convicción de quien recibe un regalo inesperado.

Pero la palabra “amable” esconde un secreto, un pequeño misterio gramatical que, bien mirado, se convierte en la clave del universo emocional. El sufijo -ble nos regala su sabiduría ancestral: significa "merecedor de", como en la palabra “adorable” (merecedor de adoración), “confiable” (merecedor de confianza) o “indiscutible” (merecedor de no ser discutido, por más ganas que tengamos). Así que, si aplicamos la misma regla del sufijo a esta palabra, ser ama-ble significa ser “merecedor de amor”. La gramática, esa dama rigurosa y pletórica de precisión, nos está guiñando un ojo con la lección más sencilla y al mismo tiempo más profunda que un mundo como el nuestro precisa: si queremos ser amados, más nos vale ser amables.

Y no es que pretender volverse la típica moneda de oro que todos desean, ni esmerarse en caerle bien a todo el mundo a costa del propio bienestar. Nada más detestable que la lisonjería pretenciosa y la falsedad de un favor a cambio de otro. Pero, acá entre nos, piensa en alguna persona que conozcas que sea genuinamente amable (no una que te sonríe, te presta dinero, te hace un favor y después te anda reprochando cuando tú no haces lo mismo). ¿Qué piensas/sientes por esa persona? ¿Te agrada su compañía? ¿Te inspira confianza? Si la respuesta es sí, entonces podrás corroborar que no es magia; es gramática.

Y si la amabilidad es la llave del amor, convendría pensar en su poder transformador. Un gesto amable puede cambiar el tono de una conversación, suavizar el día de alguien que venía arrastrando el cansancio del mundo entero e, incluso, abrir puertas que el egoísmo cerró con varios candados. Porque la amabilidad es contagiosa; cuando nos encontramos con alguien que la ejerce sin reservas, casi por inercia queremos hacer lo mismo.

Hay quien confunde la amabilidad con la sumisión o con la necesidad de aprobación. Craso error. Ser amable no es callar lo que molesta ni tolerar lo intolerable. Es, más bien, la voluntad de no añadir más rudeza a un mundo ya de por sí bastante áspero. Ser amable no significa renunciar a los límites, sino ponerlos con firmeza y elegancia. Es el arte de decir “no” sin hacer daño y de decir “sí” con generosidad (nueva enseñanza gramatical, que nos deja, por lo menos, un lindo juego de palabras: generosidad como cualidad de ser capaz de generar).

Pensemos en cómo nos vinculamos con los demás. Cuando alguien es amable con nosotros, es fácil generar el deseo de corresponderle, y esa reciprocidad construye lazos fuertes y auténticos. Pero no te confundas; no se trata de estrategias ni de cálculos de conveniencia. La amabilidad, cuando es genuina, nace de un lugar profundo y se siente en la piel como un abrazo silencioso y, por tanto, genera en ese mismo lugar profundo de alguien más ese abrazo. Porque, si el amor aspira a ser genuino, sólo puede tener su origen en actos genuinos.

Al final, el amor no se exige, no se impone, no se reclama. El amor se genera (algunos dirán que se gana). Sea cual sea la idea que tú tengas, una forma infalible para hacerlo es a través de la amabilidad.

La próxima vez que alguien te pregunte el secreto para ser amado, no le des fórmulas complicadas ni recetas místicas. Dile, con una sonrisa y con total convicción: “sé amable”. La gramática te dará la razón, pero sobre todo, la vida lo comprobará y el corazón lo disfrutará.

Ahora que lo hemos comprendido, te pregunto: ¿quieres ser amado?

¿Estás listo para volverte un ser amable?

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