En México, la inclusión educativa muchas veces se queda en intención. En declaraciones, en políticas generales; pero en la realidad concreta de las aulas, para niños y niñas con neurodivergencia —autismo, TDAH, dislexia, discapacidades motrices, entre otras— los obstáculos siguen siendo abismales. No basta con querer ser inclusivos: hace falta infraestructura, profesionales, currículos flexibles, y sobre todo, reconocimiento social. Todos, desde nuestro rol, debemos contribuir a visibilizar, normalizar y, sobre todo, transformar.
Datos recientes que exponen la urgencia
En el ciclo escolar 2021‑2022, de las 225,537 escuelas de educación básica registradas en México, 33 % (74,379) reportó tener al menos un estudiante con alguna condición especial.
De ese total, sólo 36.7 % (27,311 escuelas) recibían apoyos especializados de USAER (Unidades de Servicios de Apoyo a la Educación Regular) o UDEEI (Unidad de Educación Especial e Inclusiva).
También en el mismo periodo, 704,926 estudiantes en escuelas regulares de educación básica tenían alguna discapacidad, trastorno o condición especial (incluyendo aptitudes sobresalientes), pero sólo 256,058 (≈ 36.3 %) de ellos tenían discapacidad motriz, intelectual, sensorial, psicosocial múltiple, etc.
En educación preescolar, la situación es especialmente crítica: menos de la mitad de las aulas que atienden estudiantes con necesidades educativas especiales cuentan con apoyo de especialistas. Muchas docentes no se han actualizado en los últimos dos años en métodos de atención para esas necesidades. Muchas escuelas carecen de adaptaciones físicas para movilidad, accesos o permanencia de los niños que las requieren.
Datos laborales también alarmantes: en el primer trimestre de 2025, la población de Profesores en Enseñanza Especial era de 33,700 personas, con salario promedio mensual de $7,780 MXN, trabajando unas 25.4 horas semanales.
Reflexión analítica: lo que realmente implica incluir
Estos datos muestran que la inclusión educativa no se está cumpliendo en gran parte del país. Las palabras “escuela inclusiva” se usan, pero no se sostienen con hechos. Y esto tiene varias facetas:
1. Currículo adaptado y metodologías diversas
Se necesita que los métodos de enseñanza, tiempos de aprendizaje, estrategias pedagógicas, materiales didácticos estén pensados para atender la neurodivergencia. No es suficiente que el maestro “trate de adaptarse”; debe tener herramientas, formación profesional específica, apoyos individualizados.
2. Profesionales especializados y recursos reales
Psicopedagogos, psicólogos, terapeutas, especialistas en educación especial, asistentes en el aula (“maestros sombra” en algunos estados) son necesarios. Además, que estas profesiones estén bien valoradas y remuneradas para mantenerse y ofrecer servicios de calidad.
3. Adaptaciones físicas y materiales en infraestructura
Rampas, espacios accesibles, apoyos visuales o auditivos, salones con iluminación y acústica adecuadas, materiales alternativos, tecnologías accesibles: todo esto debe ser parte integral, no opcional.
4. Sensibilización y cambio cultural
Que otros estudiantes, padres, maestros, autoridades reconozcan la neurodivergencia como parte de la diversidad humana, no como enfermedad o defecto. Se necesitan talleres, formación continua, espacios de diálogo que derriben prejuicios.
Todos tenemos un rol: de la intención a la acción
Padres y madres: abrazar la diferencia, preocuparse por exigir los apoyos adecuados, reivindicar el derecho de sus hijos e hijas a una educación equitativa.
Docentes y directivos: formarse; solicitar y aplicar estrategias inclusivas; trabajar con especialistas; adaptar evaluaciones; aprender de sus estudiantes neurodivergentes lo que necesitan.
Políticas públicas y autoridades educativas: asegurar que la ley se cumpla. La legislación existe (Ley General de Educación, leyes estatales como la Ley TEA en Nuevo León), pero muchas escuelas no cumplen los requerimientos. Por ejemplo, en Nuevo León se ha documentado que aproximadamente el 70 % de las escuelas no cumple con la Ley TEA, en cuanto a recursos indispensables para estudiantes con autismo.
Empresas y mundo laboral: crear empleos que contemplen la neurodivergencia —flexibilidad en horarios, ambientes adaptados, reconocimiento de diferentes formas de trabajar—, no relegarlos automáticamente a puestos poco remunerados. Un niño que no recibió los apoyos necesarios en la escuela difícilmente estará preparado para aspirar a puestos con responsabilidad o sueldos dignos.
El futuro laboral: más que un ideal, una obligación social
El sistema educativo inclusivo no debe verse como caridad, sino como justicia. De jóvenes que salen sin herramientas, la mayoría termina en empleos poco calificados, mal remunerados, sin reconocimiento. Eso refuerza la marginalidad. Proveer un buen apoyo académico desde la infancia, para que los estudiantes neurodivergentes puedan desarrollar sus talentos, es invertir en una sociedad más fuerte, equitativa y diversa.
Conclusión: sembrar consciencia, cosechar cambio
La inclusión no se improvisa. Las cifras hablan; las experiencias diarias de exclusión gritan. Pero tenemos herramientas para cambiarlo. Que este llamado sea para ti —sea que eres madre, padre, maestro, profesional, tomador de decisiones, ciudadano con buena intención— para mirar con otros ojos, para cuestionar lo que se da por sentado, para exigir lo que corresponde.
No se trata sólo de abrir puertas: se trata de construir escuelas accesibles, currículos flexibles, docentes preparados, espacios sensibles, trabajo digno. De sembrar consciencia hoy para que mañana no sea un privilegio ser tratado con justicia.
Porque una sociedad que incluye verdaderamente cambia vidas, pero también transforma su presente y su futuro.
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