¿Puede una mujer que se ha dedicado a la prostitución ser una buena esposa?
Ésa es una pregunta que leí en un grupo de Facebook (que no tenía nada que ver con el tema, pues era sobre la vida fitness). Intuyo que el autor de la pregunta no esperaba una respuesta honesta que esclareciera su pensamiento, sino provocar el clásico crecimiento de interacciones que detona cualquier discusión basada en valores. Cada quien pugna por defender los suyos, incluso cuando no tiene más argumento que un “claro que no” (o un “claro que sí”).
Las respuestas fueron, tal como supongo que esperaba quien hizo la publicación, abundantes y variadas.
Las hubo del tipo dogmático que ya comenté (“por supuesto”, “claro”, “obvi” y demás frases que no admiten réplica), pero también hubo comentarios cargados de sentido: “¿y por qué no lo sería?”.
La respuesta que a mí semiocurrió dar fue también una pregunta, pero no alcancé a formularla porque alguien más ya la había planteado: ¿y qué es ser una buena esposa? (y a ojos de quién, habría yo complementado). Y creo que el meollo del asunto está justamente ahí: en definir qué considera cada quien que significa ser una buena esposa, para entonces evaluar si alguna conducta previa podría imposibilitarlo.
Vamos, no es como preguntar si una persona que ha perdido una pierna podría ser jugador de futbol, donde sí hay, innegablemente, una correlación implícita:
Pie = foot
No pie = no foot
Definamos, para empezar, qué conductas marcan la diferencia entre una prostituta y el resto de las personas, como para cuestionar sus facultades conyugales y no las de los demás.
Una p rostituta es una persona que mantiene relaciones sexuales con otras personas a cambio de dinero.
Si partimos de esa definición (apoyada por la RAE), podríamos inferir que las condiciones que imposibilitarían su buen desempeño como esposa es que se espera de una esposa que:
- Sólo mantenga relaciones sexuales con su esposo.
- No cobre por tener relaciones sexuales.
De momento, no semiocurren otras expectativas, derivadas de lo que la definición otorga como cualidades a una prostituta (porque lo que dice no va en contra de la capacidad de amar, de acompañar, apoyar, comprender ni muchas otras que, creo, forman parte de lo que podría esperarse de una buena esposa).
Quizás habría, entonces, que analizar las posibles repercusiones de su conducta, relacionadas con el ámbito conyugal:
- Que no disfrute el sexo por haberlo practicado tanto (además de todo, con personas que ni siquiera eran de su agrado).
- …
No sé si peco de poca falta de imaginación, pero no puedo pensar en otra posible implicación. Si tú sí puedes , te invito a que nos las compartas en los comentarios.
Pero, mi estimado lector semiocurrente, intuyo que estas razones, aun siendo “razonadas”, no son el verdadero origen de la pregunta que se planteó. Más bien, me parece que el tono del planteamiento tiene más que ver con una idea de moralidad e inmoralidad.
Una persona que brinda un servicio sexual —uno que, por cierto, muchísimas más demandan— suele ser considerada inmoral. Pero, si miramos con lupa, ¿cuál es exactamente la razón para ello?
Recordemos que, a lo largo de la historia, han existido figuras femeninas cuyo oficio o cercanía con la sexualidad no sólo no era visto como inmoral, sino que alcanzaba un estatus de prestigio. Las cortesanas honestas (cortigiane oneste) del siglo XVI, por ejemplo, no eran simples proveedoras de placer: eran mujeres cultas, educadas en poesía, música y retórica, capaces de debatir con filósofos y diplomáticos.
En Japón, durante el periodo Edo, las oiran eran celebridades sociales: dominaban la danza, la etiqueta, la caligrafía y la conversación refinada, además, claro, de la compañía sexual; un desfile suyo podía atraer multitudes.
En estos casos, lo que hoy algunos juzgarían con severidad era entonces visto como arte, disciplina o sofisticación. La moralidad no estaba en el acto, sino en la cultura que lo interpretaba.
Si lo pensamos con calma y no con el arrebato pavloviano que hoy en día (aún) suele activarse cuando alguien pronuncia la palabra prostituta, la inmoralidad no está en el acto en sí, sino en la lente con la que se mira. Lo que cambia no es la conducta, sino el contexto bajo el cual se interpreta. Ahí es donde se revela que la moralidad no está en la práctica, sino en los ojos —y los miedos— de quien la observa.
Así es como funciona el prejuicio: toma un hecho, lo ilumina con un reflector sesgado, y concluye que la sombra proyectada es la esencia de la persona.
El verdadero problema, me parece, no es si una prostituta puede o no ser una buena esposa, madre, amiga, compañera o cualquier otro rol que se le cuestione, sino la absurda y profundamente moralista idea de que existe un molde universal para serlo. Es como si hubiera un checklist cósmico que debe pasarse a todas las mujeres, independientemente de su historia, sus deseos, su carácter, sus logros, su proyecto de vida o su simple humanidad, para poder ser considerada digna de ocupar un lugar.
Porque —seamos honestos— cuando alguien pregunta si una prostituta puede ser buena esposa, en realidad no está preguntando por la prostituta, ni por la esposa, ni por la calidad del vínculo. Está preguntando por la "pureza", por la “dignidad”, por ese viejo imaginario que exige que la mujer llegue al matrimonio como un pergamino sin tachaduras, sin arrugas y sin huella del mundo real. Es un imaginario que, curiosamente, no aplica en la misma medida para los hombres.
Si lo que define a una buena esposa es la capacidad de amar, de acompañar, de dialogar, de construir, de sostener un proyecto en común, de cultivar la intimidad, de atravesar crisis sin destruirse… ¿en qué parte aparece la cláusula de “no haber cobrado por sexo”? ¿En qué contrato matrimonial, manual de convivencia o atlas moral del universo viene esa restricción? Alerta de spoiler: en ninguno que no haya sido redactado a partir del miedo o de la hipocresía.
Y ya entrados en gastos, si lo reducimos a lo esencial, la pregunta original presupone algo torcido: que la vida sexual previa de una mujer determina su valor como pareja (y ésta determina, a su vez, su valor como persona). Y ahí ya pasamos de la moral al cuento medieval.
Además, la industria sexual existe porque hay demanda, y la mayoría de quienes la consumen jamás cuestionan su propia moralidad al hacerlo, pero sí se sienten con la autoridad de cuestionar la moralidad de quien provee el servicio. Es como criticar al mesero por traer comida, porque “comer es un acto muy íntimo y no debería comercializarse”.
Aceptémoslo, para muchos hom bres la prostituta no podría ser una “buena esposa” no por lo que hizo, sino porque no cumple con una de las funciones principales que el macho —sí, el macho— espera de ella: cuidar su viril fragilidad, asegurándole que él es, ha sido y será el único hombre en su vida. No la única pareja, ni el único amor, sino el único hombre. Como si la masculinidad necesitara un certificado de exclusividad para sostenerse en pie, para proteger esa porcelana delicadísima del ego masculino, que tiembla ante la mera sospecha de no ser el primero, el único o el más memorable.
Y claro, si ésa es la vara rígida con la que se mide (a falta de otra), entonces no se está evaluando a la esposa, sino al tamaño del miedo, y de fondo late la misma pregunta que nadie formula claramente:
¿Puede una mujer “marcada” —por cualquier cosa que incomode al imaginario tradicional— aspirar al amor, al respeto y a una vida en pareja plena?
La respuesta, aunque algunos no quieran, es un rotundo sí. Porque la vida no funciona como los cuentos moralistas que nos contaron. No se trata de antecedentes sexuales, sino de habilidades afectivas. No se trata del pasado, sino de la capacidad de presencia. No se trata de moldes de pureza, sino de signos de humanidad, y lo verdaderamente inmoral es creer lo contrario.
Al final, la pregunta que habría que devolver es ésta:
¿Es la conducta lo que define la moralidad, o es la mirada de quien juzga?
Porque, si lo inmoral es ganar dinero ofreciendo un servicio que otros consumen en silencio, entonces tendríamos que revisar medio mundo laboral. Pero si lo inmoral, en realidad, es seguir reduciendo a una persona a un capítulo de su historia —uno que ni siquiera nos pertenece—, entonces el problema no está en ella, sino en la lupa con la que se observa.
Antes de cuestionar si alguien puede desempeñarse adecuadamente en cualquier rol de la vida diaria, habría que preguntarse si nosotros tenemos el derecho de ser buenos jueces.
El que esté libre de pecado… es que no se ha enterado de que la vida ya empezó.
Y sí, que arroje la primera piedra… pero que lo haga junto con su soberbia.