Revitaliza tu casa

Hacer distinto

Cumplir años no es suficiente

El Wrapped que nadie comparte (pero todos vivimos)

La tan añorada paz

Reunirse sin perderse: vivir la Navidad siendo fiel

Reunirse sin perderse: vivir la Navidad siendo fiel

No es casualidad ni acciddente que este texto haya salido justamente un día después de Navidad…

Bueno, lo es en cuanto a que sea sólo con un día de diferencia, pero, de cualquier forma, iba salir después de esa mágica fecha.

La razón es muy sencilla: aunque el título sugiere una especie de manual o de receta que debería seguirse para conseguir un propósito, justamente esa lógica —la de corregir, ajustar o actuar distinto por recomendación— es parte de un problema que considero que vale la pena observar en retrospectiva. Dicho de otro modo, la intención no es tratar de convencerte de modificar conductas, sino invitarte a reflexionar sobre lo que hay detrás de ellas —las que ya mostraste—, porque cuando sólo cambiamos la forma sin entender el fondo, las conductas se vuelven artificiales e insostenibles, incluso aquéllas que se supone que deberían ser las más genuinas.

Para muchas personas, la llegada de la Navidad activa un mecanismo silencioso que dispara, sin apenas ser  conscientes de ello, la necesidad intensa de reunirse con la familia —no con los amigos, sino con la familia—. ¿A qué se deberá ese deseo tan específico? Puede ser que el hecho no signifique la mera idea de ver al otro, sino de confirmar que se sigue siendo parte de algo, que el tiempo no nos ha separado tanto y que, a pesar de todo, todavía hay un “nosotros”. Esa necesidad de reunirse se siente profunda y legítima, aun cuando ya estando ahí, surjan los desacuerdos, las desavenencias y haya quien termine escapándose en la primera oportunidad que vea.

No es una simple costumbre social ni una imposición cultural vacía.


Para muchas personas, reunirse en Navidad representa continuidad, pertenencia, la confirmación de que los vínculos siguen ahí, incluso cuando el resto del año se vivan de manera fragmentada. Quizás por eso es la familia —ya habrá oportunidad de celebración con los amigos—, pero debe ser ese núcleo originario de pertenencia el que ocupe el foco en esta fecha tan especial. Y quizás por eso, cuando ese encuentro no ocurre, la emoción que aparece no siempre es proporcional a la situación concreta, sino al significado simbólico que se le atribuye.


Me viene a la mente una persona que conozco, que rompió en llanto al saber que no sería posible pasar la Navidad en familia. No hubo enojo, ni reproches, ni dramatización consciente, sino una tristeza genuina, como si la imposibilidad de reunirse ese día específico equivaliera a una pérdida mucho mayor. Y, sin embargo, la decisión se había tomado con fines de protección: algunas personas estaban enfermas, y lo más sensato era resguardarse para poder encontrarse después.

Aun así, la emoción apareció con fuerza, revelando algo importante: no siempre lloramos por lo que ocurre, sino por lo que creemos que debería estar ocurriendo. Tal vez no sea la cena que no ocurrió ni la foto que no se tomó, sino la sensación de ruptura de algo que damos por sentado: la idea de que, si no nos reunimos en Navidad, algo esencial está fallando. Y yo creo que el problema no está en experimentar esa necesidad, sino en depositar todo su peso emocional en un solo día, como si el vínculo dependiera exclusivamente de cumplir con la fecha correcta.

Algo parecido sucede con los intercambios de regalos. Muchas personas participan en ellos sin demasiado entusiasmo, pero con un fuerte sentido de obligación. 

Se compra algo con la esperanza de que al otro le guste, aun cuando no se tenga mucha certeza, y se espera recibir algo que justifique el gasto y el esfuerzo. El regalo deja de ser un gesto libre y se convierte en una especie de acuerdo tácito: yo te doy porque me toca, aunque ni siquiera te estimo, pero más vale que me des algo que esté a la altura, porque si no, comenzaré a verte como una mala persona —y a hablar de ti en consecuencia, cómo que no—. Tantas inconformidades ha suscitado esa tradición, que han tenido que implementarse métodos de satisfacción científicamente comprobados para resarcirlas, como el estableciendo de un mínimo monetario que debe cumplirse y, ante su no tan alta efectividad, la implementación de una lista personal de lo que a cada quién le gustaría recibir—. ¿Y si, en lugar de apostarle a la fortuna, para ver si le toco a alguien consciente que me dé gusto, con altas probabilidades de fracaso, con el dinero que gastaría en obsequiar algo a alguien por quien no siento afinidad, yo me compro lo que deseo?

A veces me pregunto qué hay detrás de esa necesidad de dar algo material. ¿Afecto? ¿Miedo a quedar mal? ¿Deseo de pertenecer? ¿Iinercia? Resulta curioso que, en nombre del amor y la generosidad, aceptemos dinámicas que poco tienen que ver con cualquiera de los dos. A veces sería más honesto reconocer que no todos los regalos nacen del deseo, y que no todo afecto necesita materializarse en un objeto. Regalar con libertad implica también aceptar que no siempre es necesario hacerlo, y que el valor del vínculo no se mide por lo que se da o lo que se recibe en una bolsa envuelta con papel brillante, sino en las intenciones que subyacen detrás de ello. Pero a veces el deseo es ése; que los demás vea cuán generoso y amoroso soy, al grado de ser capaz de dar regalos.

Me pregunto qué pasaría si viéramos la Navidad no como una prueba que hay que superar, sino como una especie de espejo en el que nos observamos, no para juzgarnos, sino para contemplarnos y analizar cómo estamos participando en esa dinámica. Si lo hacemos con un deseo genuino o con expectativas de retribución; si tenemos una verdadera voluntad de complacer al otro o somos movidos por el lastre de la obligación. Finalmente, convendría plantearnos si el que está regalando es la persona que realmente soy o ese personaje que aprendí a interpretar hace años y que reaparece automáticamente cuando las festividades decembrinas se acercan.

¿Lleno de deseos, bendiciones y mensajes reciclados a todos mis contactos de WhatsApp solamente en esa fecha, o esos deseos manifestados en ese día son el reflejo fiel de mi sentir cotidiano? 

Tal vez la pregunta que deja la Navidad, vista con un poco de distancia, no sea cómo repetirla mejor el próximo año, sino qué de todo eso que buscamos concentrar en una sola noche —la cercanía, la validación, la sensación de hogar…— podría empezar a construirse de manera más cotidiana y menos exigente. No esperar a que llegue una fecha para aguantar de más o para ser bondadosos, sino practicar la bondad y la tolerancia todo el año, de modo que la llegada de la Navidad sea sólo una oportunidad de practicarlas de forma magnificada.

Porque cuando los vínculos se viven con mayor presencia a lo largo del tiempo, quizá ya no necesiten sostenerse con una fecha específica, ni con una cena perfecta, ni con un regalo obligatorio, sino con algo mucho más simple y mucho más difícil, pero más gratificante: la coherencia entre lo que sentimos, lo que hacemos y lo que realmente somos.

  • Visto: 251

Artículos populares

Viernes 17 Enero 2025
...