05 de octubre, 11 de la mañana
Mis planes eran simples: ir a desayunar, festejar y disfrutar de una linda caminata. Sin embargo, la vida tenía otro plan: detener mi camino.
La vida está llena de sorpresas. Un día todo parece estar en orden y, al siguiente, nos regala situaciones incómodas que después nos llevan, paradójicamente, a estar mejor.
Claro que no siempre lo entendemos de inmediato. Cuesta trabajo. Tal vez esa sea una de las funciones más profundas de la vida: asegurarse de que realmente aprendimos a estar mejor.
Ese 5 de octubre recibí uno de esos regalos que transforman la manera de mirar el entorno. Algo en mí se rompió. Y no fue únicamente el peroné tras una dura caída; fue también una versión de mí que ya no necesitaba existir.
Cuando llega un desafío que nos sacude con fuerza, aparecen sin permiso preguntas que nos atraviesan:
¿Por qué a mí?
¿Y ahora qué voy a hacer?
Preguntas que suelen ir acompañadas de frustración, desesperación y soledad.
Soledad fue la palabra que más me sacudió. Tal vez porque creemos que el mundo continúa girando en perfecta armonía mientras que nosotros estamos tirados en el hoyo.
Lo verdaderamente maravilloso es abrir los ojos, aun estando en el suelo, y descubrir que siempre hay alguien dispuesto a extender la mano.
Ese día mi esposo estaba ahí; algunas personas se acercaron a auxiliarme y los paramédicos llegaron de inmediato.
Ellos fueron los primeros ángeles que aparecieron en un camino que me tomaría meses recorrer.
En el hospital vi de todo: personas en condiciones más delicadas que la mía, familiares angustiados y médicos corriendo de un lado a otro. Aun así, conocí personas dispuestas a ayudarme incluso en medio de sus propias dificultades. Personas que comprendían que la mejor manera de sobrellevar la carga era compartiéndola.
Pasaron los días, las semanas y los meses. Entre el dolor y la incertidumbre de no saber si podría caminar o no; permanecía en cama sin poder moverme, totalmente vulnerable y dependiente de otros.
Cuando un desafío nos pone en estado de shock, todo se nubla. Sentimos que nos rebasa, que nos vulnera con tal fuerza que algo inevitablemente, se quiebra en nuestro interior.
Caemos al suelo. Y es ahí donde surge la magia: mirar hacia arriba y conectar con uno de los mensajes más importantes de la vida: no estás solo, no estás sola.
Pero para reconocerlo con la profundidad que merece, debemos aceptar nuestra vulnerabilidad. Estar dispuestos a soltar el “¿por qué a mí?” y transformarlo en nuevas preguntas:
¿Para qué sucedió?
¿Qué hay que aprender de esto?
¿Con quién puedo contar?
Debemos abrirnos no solo al aprendizaje que trae el desafío, sino también a aprender a recibir la ayuda de los demás.
A veces olvidamos —sin darnos cuenta— que en los momentos difíciles hay personas que permanecen ahí: unas compartiendo el dolor y otras ofreciendo su apoyo incondicional.
Esas personas aparecen como verdaderos ángeles que nos acobijan, que sin juicio alguno buscan la manera de ayudarnos a atravesar el desafío de la forma más amorosa posible. Incluso son genuinamente felices al saberse útiles para nosotros.
Eso es amor. Amor verdadero e incondicional. No piden nada a cambio, solo que aceptemos su ayuda.
Durante estos meses he aprendido a decir “sí” a la ayuda desinteresada, al apapacho y al cariño.
Necesitaba abrir espacio a una versión de mí que reconoce la compañía como el impulso necesario para reacomodar la dirección.
Quizá por eso me lastimé ambos pies: para recibir la ayuda en cada lado.
¡¡No fuera a ser que me quedara cojeando!!
Cuando nos abrimos a recibir, la ayuda aparece.
Llegan las personas adecuadas: médicos, especialistas, familiares, amigos, compañeros de trabajo e incluso desconocidos que, con el tiempo, se vuelven cercanos.
Surge la red de apoyo precisa para acompañarnos en la superación del obstáculo.
La vida nunca se equivoca. Siempre está atenta, enviándonos los mensajes necesarios para recordarnos que detrás de cada zona oscura hay personas dispuestas a encender su luz para que podamos ver. Encienden la luz no al final del viaje, sino durante el trayecto; no cuando todo ha pasado, sino mientras está sucediendo.
En medio de las olas tormentosas, difícilmente reconocemos lo bendecidos que somos al tener personas dispuestas a lanzarnos un salvavidas o incluso a nadar hacia nosotros para ayudarnos a salir.
Por ello, querido lector, dedica tu tiempo a crear vínculos amorosos con tus seres queridos y con los demás seres del planeta. Ellos estarán ahí cuando sea necesario.
Los vínculos son lo más sagrado que tenemos.
Al recibir ayuda de otros, recibimos mucho más que apoyo: recibimos amor y protección. Y cuando la vida nos coloca en el lugar de dar, la satisfacción se multiplica.
Aprovecho este espacio para agradecer profundamente y con el corazón en la mano, a todos los ángeles que estuvieron conmigo en cada paso; en ese paso que yo no podía dar y que decidieron, amorosamente, darlo por mí. Gracias por su preocupación, sus atenciones y su energía positiva que hoy hacen que mi camino sea más llevadero.
Gracias, porque sin ellos, mis pasos aún serían débiles.
Gracias porque cada vez que me ayudaron de todas las maneras posibles, también se ayudaron a sí mismos, recordando su esencia de estar para los demás y su capacidad de acompañar en los momentos más difíciles.
Tal vez para eso aparecen los desafíos: para reconectar entre nosotros y no olvidar nuestra capacidad de servicio.
El camino, querido lector, por muy arenoso que sea, siempre estará lleno de ángeles dispuestos a acompañarte. Solo necesitan que los veas y los recibas en tu vida.
Agradece a quienes te acompañaron en la crisis; a quienes no se fueron aun cuando pataleaste; a quienes te abrazaron mientras llorabas inconsolablemente. Agradece a la vida, al universo o a tu ser divino por la red que aparece cuando enfrentas una situación difícil.
El agradecimiento es una pieza clave para que la conciencia se expanda.
Y si algún día puedes ser ángel para alguien más, no lo dudes. Ahora ya sabes lo que significa.
Que tus caminos estén siempre guiados por el manto angelical que necesitas para crecer, para recordar quién eres y para convertirte, cada día, en un ángel más consciente y amoroso en el camino de los demás.