Para muchas personas, enero es el mes favorito para empezar cosas.
En el inconsciente colectivo, enero significa inicio: hoja en blanco y promesas nuevas. Y casi sin darnos cuenta, ese simbolismo nos empuja a hacer algo nuevo o a retomar lo que dejamos pendiente años atrás.
Traicioneramente, esa necesidad de hacer algo porque es el inicio del año, puede desenfocarnos o dirigirnos hacia caminos que no necesariamente corresponden a nuestros pasos.
Detengámonos un momento en una idea clave: el calendario gregoriano, que es el que usamos de forma común y universal, no siempre tiene que coincide con el calendario personal.
El calendario personal es el que cada persona diseña según sus necesidades, ritmos e intereses reales. Es un traje a la medida. Uno que, honestamente, tendría mucho más sentido de estar pegado en la puerta del refrigerador.
Mientras el calendario gregoriano responde a acuerdos sociales y dinámicas colectivas, el calendario personal responde al deseo genuino que habita en ese huequito profundo del corazón. Ese que casi no mostramos. Ese que a veces ignoramos por conveniencia o miedo.
Y seamos sinceros: no tenemos el hábito de diseñar calendarios a nuestra medida cuando inicia un ciclo. Preferimos adoptar el calendario universal, ese que a todos acomoda pero que a pocos ajusta.
Ahí está el riesgo: perder el enfoque, caminar hacia una dirección que no fideliza nuestro andar y vivir en un estado constante de estrés por intentar cumplir expectativas sociales en lugar de atender el anhelo que se alinea con nuestra verdadera vocación personal.
Ahora bien, ¿qué pasaría si en este 2026 —año 1 en términos numerológicos, como ya vimos en el artículo “El verdadero inicio no se celebra, se decide”— decidiéramos crear un primer calendario alineado con ese deseo genuino que vive en nuestra vocación personal?
Para animarte querido lector, déjame contarte algo importante: la palabra vocación proviene del latín vocatio, que significa “llamado interno”.
Toda persona tiene un llamado interno, una misión de vida que le da sentido a su existencia. Pero ese llamado solo emerge cuando le prestamos atención.
Cuando bajamos el volumen del ruido externo —opiniones, comparaciones, modas, exigencias— y subimos el volumen de esa canción favorita que vive dentro de nosotros.
Cada persona es única, diferente y auténtica. Por lo tanto, los llamados internos también lo son. En algunos momentos de la vida, esos llamados pueden resonar con los de otras personas y complementarse, sí. Pero el camino, siempre es una elección personal.
Desde el modelo de Semiología de la Vida Cotidiana ®, estudiamos a profundidad cómo descubrir, asumir e implementar la vocación personal.
Se descubre a través del conocimiento profundo del ser, desde cómo funciona la genética de la persona, sus sensaciones, emociones y pensamientos, hasta las actitudes y hábitos adquiridos a lo largo de la vida. Se descubre a través de los lados fuertes y débiles de nuestros potenciales. Respondiendo a las interrogantes de: ¿Quién? y ¿Cómo soy?
El descubrir lleva al siguiente paso que es poder asumir lo que sí se puede hacer con las capacidades internas. Una persona que genéticamente no tiene velocidad para correr, difícilmente será corredor profesional, aunque lo desee intensamente -se suele anhelar algo por moda y no por un conocimiento real de las propias capacidades-.
Somos una combinación de fortalezas y debilidades. Asumir es elegir entre las múltiples acciones que podemos hacer, basándonos en nuestras fortalezas. Si elegimos desde nuestras debilidades, el resultado suele ser frustración: otros avanzan más rápido, llegan más lejos o lo hacen con menor esfuerzo. En cambio, cuando elegimos desde nuestras fortalezas, aparece la posibilidad de la maestría, del disfrute y de la excelencia.
La expectativa social suele empujarnos a decidir desde nuestros lados menos fuertes. Por eso, inevitablemente, choca con el calendario personal.
Cuando una persona asume lo que puede hacer, el siguiente paso es la acción: la implementación. Con nuestras capacidades y fortalezas reales podemos hacer muchísimas cosas: cantar, bailar, nadar, enseñar, comunicar, liderar, crear. Lo verdaderamente poderoso no es todo lo que podríamos hacer, sino elegir conscientemente qué hacer con eso que sí podemos hacer.
La elección da dirección. Da enfoque. Genera compromiso.
Quien elige en conciencia, se entrega a su vocación personal, o mejor dicho, a su horizonte vocacional porque ya dijimos que todos podemos hacer muchísimas cosas si descubrimos nuestro potencial.
Elegir tu vocación es elegir la fidelidad a tu persona y comprometerte contigo mismo.
Así que, si ya estamos en enero, quizás este sea el mes perfecto para crear ese calendario personal que hace falta. Ese que se ajuste al llamado interno que te susurra cada año mi querido lector y que requiere ser escuchado.
No se trata de ignorar la expectativa social. Puedes incluirla. Pero sin olvidar lo esencial: responder con honestidad a la pregunta que seguramente ronda tu cabeza cada inicio de año:
¿Qué quiero hacer?
Ahora, tal vez sea el momento oportuno para responderla y, por fin, priorizarla con mayor conciencia de ti.
Que tengas un genuino año nuevo.