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La tan añorada paz

Era viernes de madrugada. Una semana más estaba a punto de terminar y yo ya llevaba varios días de insomnio, buscando eso que muchos llamamos: paz.

Y es que después de varios días de estar mirando solamente el techo de mi recámara, llegó un momento en el que simplemente no pude dormir. Había inquietud, incertidumbre y una cabeza que sólo sabía hacer lo suyo: parlotear a todo volumen.   

Ante esa situación, lo único que anhelé fue “estar en paz”.

Pero… en lugar de eso, mi mente formuló una pregunta que eliminó cualquier posibilidad de conciliar el sueño: 

¿Qué significa estar en paz? 

Precisamente en estas fechas todo el mundo habla de estados de paz, armonía y amor, como si fueran experiencias reservadas únicamente para la temporada decembrina.

La paz es algo que se busca constantemente porque otorga una sensación de logro, bienestar y perfección; aspectos que, según las costumbres, deberían alcanzarse en algún momento del año. Los primeros once meses los pasamos entre obligaciones y cuentas por pagar, y entonces llega diciembre como el último mes disponible para que todo el mundo corra a conseguirla y así crear la sensación de que todo el año valió la pena.


Pareciera, sin duda, una búsqueda de último momento.

Nos dijeron que la paz es el punto máximo donde es posible experimentar tranquilidad; un sinónimo de “no pasa nada, todo está bien”.

Tal vez por eso es tan añorada, porque difícilmente hemos aprendido a estar bien o creemos que ese bienestar depende enteramente de las circunstancias externas de la vida.

Solemos escuchar a la gente decir: “Estaré bien cuando tenga dinero, cuando consiga un buen trabajo, cuando encuentre a la pareja ideal o cuando tenga salud”.

Y ese cuando es precisamente lo que impide lograr la paz, pues dejamos toda posibilidad de bienestar en un futuro que se vuelve cada vez más exigente.

El error es pensar que alguna vez será suficiente para estar totalmente bien. Basta con que aparezca una sola situación adversa en la vida, para que sea motivo suficiente para no conseguir la paz o incluso para perderla, si en algún remoto momento se había alcanzado.

Cuántas veces creemos que solo podríamos estar en paz si cierta circunstancia no hubiera sucedido. Si pudiéramos cambiar los hechos a nuestro favor o hacer como si nada hubiera ocurrido: el despido, el divorcio, la enfermedad, la muerte o la pérdida del hogar.

Cada vez que nos enfrentamos a una circunstancia adversa, parece que la paz se escapa entre los dedos, y lo más desolador es pensar que nunca volverá.

Pero aquí, querido lector, quiero ofrecerte un significado distinto.

La paz no es ausencia de conflicto. 

La paz es presencia en conciencia.

La paz no es pasiva. No es quedarte quieto esperando a que tu mundo se calme por sí solo.

La paz es un acto creativo que emana de tu propio ser.

Es un estado de conciencia que se construye de manera individual, independientemente de las circunstancias externas.

Confieso que, por un momento, me ocurrió lo mismo que a ti. Mientras pasaban los días y las noches de insomnio, pensé que la paz llegaría cuando pudiera “recuperar lo perdido”.

Pero esa fue la mentira más grande que me conté. Ingenuamente, a veces creemos que cuando una situación cambia, todo volverá a ser como antes. Sin embargo, no es así. Las situaciones adversas llegan para transformarnos, para enfocarnos en un presente que solemos pasar por alto y para reconocer que la paz es como el sol: se pone a nuestra disposición todos los días, incluso en los días nublados, para brindarnos su luz. Solo depende de nosotros si la tomamos o no.

La paz se añora afuera, pero se encuentra adentro.

Cada uno de nosotros puede reconectar con su paz interna a través del conocimiento de su propio ser.

Por lo tanto, cada vez que sientas que no logras estar en paz porque una situación externa te rebasó, pregúntate lo siguiente:

— ¿Puedo cambiar la situación? Si no es así, acéptala tal como es.
— ¿Puedo controlarla? Si no es así, suéltala.
— ¿Estaré bien? Atrévete a estarlo, y lo estarás.

La paz es una decisión personal que se asume en cada momento de la vida y en cualquier mes del año. No obstante, debe practicarse y alimentarse para convertirla en un hábito diario.

Cuando aceptas que no puedes —o incluso que no debes— controlarlo todo, la verdadera sensación de tranquilidad se hace presente y abre espacio a la paz.

Finalmente, después de tantos días de insomnio, esta reflexión me llevó a comprender que, en la medida en que construimos la paz, nos abrimos a la posibilidad de transformarnos cada día en una mejor persona: menos caótica y más capaz de aprovechar las oportunidades que se esconden en el caos. Eso es conocimiento de nuestro ser.


Si la paz ya es tuya, no hay nada afuera que debas buscar, más que proyectar lo que ya habita en ti.
Ahora ya es posible entender cuando dicen: “Que la paz sea contigo”.

Te deseo felices fiestas y un feliz descanso… porque ahora, yo decido dormir en paz.

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