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Fue ya hace unos días, en la fecha del feriado más esperado del año: 25 de diciembre, cuando sucedió.

Para quienes celebramos la Nochebuena y víspera de Navidad, ese día no es realmente festivo; es más bien una especie de aterrizaje suave. Un tiempo de pausa, de reflexión, de recogimiento y familia.

La gran cena ya pasó: los brindis, el desvelo, las risas… y el 25 amanece lento.

No hay prisa.
No hay planes.
Los negocios están cerrados.

El mundo entero parece decir: “tranquila, hoy no pasa nada… Jesús ya nació”. Y, sin embargo, ese día también nació una de las anécdotas que cambió mi forma de ver este año… y de verme a mí.

Estábamos en Texas, en una casa que mi familia había rentado para pasar las vacaciones de invierno. El ambiente era ese silencio amable del día después: gente todavía en pijama, ponche caliente, recalentado esperando convertirse en otra buena comida, cuerpos cansados y corazones llenos.

Todo parecía una postal perfecta: risas, familias, villancicos… hasta que me dirigí al baño y decidí hacer algo profundamente cotidiano y confiado: meterme a bañar.

Entré al baño sin sospechar nada.
Como si los accidentes avisaran.
Como si el día más tranquilo del año no pudiera sorprenderte.

En algún punto —con la misma confianza de un equilibrista sosteniendo el champú en la mano— sin imaginar que en ese santuario de azulejos y humedad se estaba gestando mi “epifanía navideña”. Y ocurrió.

No sé muy bien cómo, pero la chancla se atoró. Sentí cómo el piso —ese traicionero y asesino silencioso— me invitaba a comprobar, una vez más, la ley de la gravedad.

En esa fracción de segundo suspendida en el aire —ese instante donde el tiempo se estira— mi mente no pensó en Navidad, ni en familia, ni en gratitud… pensó en estadísticas. Y recordé haber leído que una gran parte de los accidentes graves y mortales dentro del hogar ocurren en el baño, principalmente por caídas en superficies resbalosas. De hecho, según datos del National Safety Council en Estados Unidos, el baño es uno de los espacios con mayor incidencia en lesiones domésticas.

Y ahí estaba yo: suspendida en el aire, con el pensamiento más dramático y pragmático a la vez: “por favor, que no sea la columna… ni la cabeza”, como si fuera una escena sacada de una tragicomedia familiar.

Giré instintivamente el cuerpo; en lugar de un desastre espinal, mi pierna fue la que recibió el impacto: un golpe directo contra el borde de la tina. Un golpe seco. Fuerte. Brutal. Negro e inflamado. El suelo y yo ahora éramos íntimos… pero claramente yo había perdido.

No recuerdo el golpe —la memoria bloqueó esa parte como un elegante mecanismo de defensa—, pero sí recuerdo los gritos. Y no eran míos… eran de toda la casa.

Al parecer grité tan fuerte que desperté a todos. Mi hermana abrió la puerta y me encontró en una escena digna de una novela mexicana: yo tirada en el suelo, atrapada entre la cortina del baño que, por supuesto, se vino conmigo entera, porque fue lo único que alcancé a agarrar en mi intento desesperado por no caer.

Fue el caos más dramático y ridículo a la vez. Nadie sabía si reír, ayudar o llamar a emergencias.

Y fue ahí, todavía en el suelo, con la pierna ardiendo y el susto instalado en el cuerpo, cuando entendí algo que no había terminado de integrar hasta ese momento.

El golpe fue fuerte -muy fuerte- y, aun así, mi pierna resistió. No fue suerte. No fue magia. Fue cuerpo.

Ahí comprendí que el músculo no está sólo para verse bien ni para cumplir expectativas.

El músculo sostiene. Amortigua. Protege cuando la vida te sorprende, incluso un 25 de diciembre… incluso en una bañera.

Y, entonces, apareció una verdad incómoda y honesta: a cierta edad, el cuerpo ya no aguanta desde la inconsciencia: durante años creemos que el cuerpo “puede solo”. Que mientras la mente y el corazón, las emociones y el alma estén atendidas, todo lo demás se acomoda. Pero no. Llega un momento en el que el cuerpo también pide presencia, cuidado y decisión.

Yo me dedico a cuidar la salud mental y emocional. Eso sí lo sé hacer. Pero ahí, con la pierna inflamada, tuve que admitir algo con mucha humildad: no tengo idea de cómo se construye músculo.

No sé cómo se mide.
No sé cuánto es suficiente.
No sé por dónde empezar.

Solo sé que, gracias a ese músculo que sí tengo —aunque no haya sido intencional—, el golpe no fue peor.
Y ahí nació una pregunta que me está acompañando este año:


👉 ¿Qué pasaría si empiezo a cuidar mi cuerpo con la misma conciencia con la que cuido mi salud mental y emocional?

Y junto con esa pregunta, apareció otra certeza: no tengo que hacerlo sola. Porque una cosa es darte cuenta de algo… y otra muy distinta es sostenerlo en el tiempo.

Yo no sé de rutinas, ni de cargas, ni de progresiones. No sé cómo se mide el avance ni cómo se corrige el camino. Pero sí sé algo: las metas se alcanzan con mucha más facilidad cuando hay alguien que se compromete contigo.

La primera vez que corrí una media maratón no lo hice sola. Lo hice con una amiga. Y no fue sólo el entrenamiento físico lo que marcó la diferencia, fue saber que alguien más estaba ahí: acompañando, sosteniendo los días de flojera y celebrando los avances.
Cuando hay alguien más, una no se rinde tan fácil. No por obligación… sino por vínculo.

Por eso, este año quiero cuidar mi cuerpo en compañía. Me encantaría encontrar a una persona —coach, entrenador, acompañante físico— cuya meta este año sea cuidar su salud mental, emocional y su calidad de vida. Alguien que quiera trabajar sus vínculos, su comunicación, superar un duelo o simplemente vivir con más conciencia.

Un intercambio honesto: yo acompañando tu mundo interno, y tú acompañas mi cuerpo. No como una transacción, sino como un compromiso compartido.

Tal vez ese fue el verdadero regalo de ese 25 de diciembre: no el golpe. No el moretón. Sino la certeza de que la vida se sostiene mejor cuando dejamos de creer que tenemos que poder con todo solos.

Yo soy Karolina Kasas y hoy, con el corazón en la mano, te pregunto… y me pregunto:

¿Y si este año no se trata de hacerlo todo sola?
¿Y si pedir acompañamiento también es una forma de amor propio?
¿Y si cuidar mi cuerpo, mi mente y mi corazón… puede ser un acto consciente y compartido?

Porque, a veces, el verdadero cambio no llega cuando somos más fuertes, sino cuando nos permitimos ser más honestas con nosotras mismas.

Tal vez este año no se trate de aguantar más, sino de sostenernos mejor.

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