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De los buenos tratos en el desarrollo de la responsabilidad compartida

Síntesis del taller Resiliencia y Buenos Tratos para la Inclusión Social, desarrollado por  Ernesto González Cortés, Psicólogo y Gestor del Potencial y Talento Humano

Hablar de inclusión exige mirar de frente el modo en que nos relacionamos, criamos y educamos. Desde mi experiencia, los buenos tratos constituyen el eje sobre el que se construyen la responsabilidad compartida y la resiliencia tanto en el hogar como en la escuela. Una sociedad incluyente nace en los vínculos más cercanos: allí donde madres, padres o cuidadores ofrecen presencia, coherencia, afecto y confianza, creando contextos relacionales que protegen y fortalecen a niñas y niños.

No existen familias ideales, sino entornos que cuidan. Por eso hablo de parentalidad bien tratante, entendida como la capacidad de ofrecer disponibilidad, estabilidad, perspicacia, eficacia y coherencia. Estos elementos no dependen de un instinto ni de la biología, sino de una decisión consciente de cuidar, sostener y acompañar. Si bien las mujeres poseen una disposición biológica hacia la maternidad, ello no las convierte por sí mismas en buenas cuidadoras; del mismo modo, los hombres también pueden sentir placer en el cuidado y la ternura cuando se liberan del mandato patriarcal que los aleja de la sensibilidad. La buena maternidad y la buena paternidad son construcciones sociales posibles cuando el entorno favorece el encuentro humano.

La responsabilidad compartida implica reconocer que la crianza no puede recaer en un solo cuerpo ni en un solo género. Planificar, cuidar y educar son actos que requieren corresponsabilidad y deseo conjunto, sostenidos por políticas públicas que promuevan equidad. Cuando compartimos el cuidado, generamos hijos e hijas del deseo compartido, no del deber o la culpa.

Desde el enfoque de derechos humanos, la inclusión se opone radicalmente a toda forma de discriminación, entendida como el acto que impide a una persona acceder, permanecer, participar y aprender en condiciones de igualdad. En nuestra sociedad, la discriminación se ha normalizado en la familia, la escuela y el trabajo, repitiendo patrones de exclusión hacia quienes viven con discapacidad, hacia quienes son diferentes por origen, condición o modo de aprender. Hemos sido educados para mirar la diferencia como amenaza, no como riqueza. Pero la inclusión auténtica comienza cuando aprendemos a convivir con la diversidad, comprendiendo que la diferencia nos completa y nos humaniza.

En la escuela, esta normalización se traduce en prácticas que privilegian el rendimiento y la conducta “adecuada” sobre la singularidad. Se excluye a quien no se ajusta al molde, reproduciendo desigualdad y debilitando la autoestima. Desde la teoría psicosocial, sabemos que el prejuicio nace del miedo y de la necesidad de pertenencia: nos sentimos seguros si creemos que nuestro grupo es “mejor” que otro. Educar para la inclusión implica, entonces, fortalecer la autoestima colectiva y desactivar la lógica de la comparación, para que cada estudiante encuentre su lugar y su voz.

La resiliencia escolar es el puente entre la adversidad y la inclusión. Siguiendo a Grotberg y Henderson, entiendo la escuela resiliente como un espacio que ofrece un “yo tengo” —un ambiente seguro—, un “yo soy” —identidad y autoestima—, y un “yo puedo” —habilidades para resolver y convivir—. En ella, se educa para la esperanza, la cooperación y la participación significativa. Promover resiliencia es enriquecer los vínculos, fijar límites claros, enseñar habilidades para la vida, brindar afecto, mantener altas expectativas y abrir espacios donde todas las personas puedan participar y decidir.


La educación emocional ocupa aquí un lugar esencial. No basta con enseñar contenidos; necesitamos alfabetizar el corazón. Alegría, miedo, cólera y tristeza son emociones primarias que, al ser comprendidas, pueden transformarse en herramientas de crecimiento. La escuela y el hogar deben ser lugares donde se permita sentir y nombrar, donde la emoción no sea reprimida, sino integrada como lenguaje de autoconocimiento y empatía.

Los prejuicios, estereotipos y estigmas surgen de la simplificación con la que miramos al otro. Los medios de comunicación, la publicidad y las narrativas culturales refuerzan estos sesgos desde la infancia, imponiendo imágenes que justifican la exclusión. Por eso, trabajar por la inclusión implica también desmontar el imaginario social que sostiene la desigualdad.

Finalmente, comprendo que las buenas intenciones no bastan. Para incluir hay que mirar críticamente las propias prácticas, reconocer cuándo se discrimina incluso desde el afán de ayudar, y construir, desde el amor y la conciencia, una cultura de buen trato, respeto, tolerancia y responsabilidad compartida. La inclusión verdadera no consiste sólo en abrir las puertas, sino en abrir la mirada y el corazón para que cada persona sea reconocida como sujeto pleno de derechos, afectos y posibilidades.




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