Hay momentos en que la vida se pone creativa. Nos lanza lecciones, paradojas y una que otra broma pesada, todo al mismo tiempo, como si quisiera ver qué tan buenos somos haciendo malabares en medio de la tormenta.
Hace unas semanas, todo parecía el escenario perfecto: un viaje familiar, la boda de una amiga entrañable y un paisaje hermoso. Pero desde el día uno, algo en mi "envase" empezó a protestar. Lo que comenzó como una simple molestia en la garganta y un poco de fiebre, pronto se convirtió en un huésped mucho más inquieto.
Apareció un paso lento, un dolor sordo en la espalda baja y, sobre todo, el escalofrío.
No era un frío de "ponte un suéter"; era un terremoto interno que recorría mi piel de arriba abajo, como si cada poro estuviera tratando de avisarme que algo venía. Yo no podía dejar de temblar. Imagínense la escena: rodeada de fiesta, familia y brindis, y yo ahí, vibrando como un celular en modo silencio sobre una mesa de madera. Mi piel, esa frontera que me contiene, estaba gritando un mensaje que yo aún no sabía leer.
La danza de nuestros potenciales
Al volver a casa, después de médicos y laboratorios, llegó el diagnóstico: los riñones. Y ahí, entre pastillas y estudios, me detuve a preguntar: ¿Qué hay realmente detrás de los riñones?
En la Semiología de la Vida Cotidiana, aprendemos que no somos una pieza sólida, sino una orquesta de cinco dimensiones o "potenciales":
- El Instintivo (el que nos mantiene vivos).
- El Motriz (el de nuestros movimientos).
- El Sexual (el del gozo y el disfrute).
- El Emocional (nuestro mundo afectivo).
- El Racional (nuestros pensamientos y abstracciones).
A veces, la comunicación va de abajo hacia arriba (somatopsíquico): te da un retortijón y tu mente tiene que descifrar si fue la cena pesada de anoche o si son las "mariposas" porque el ser amado te mandó el mensaje de buenos días.
Pero también ocurre al revés, de arriba hacia abajo: lo psicosomático. Imagina que ves el coche de tu pareja estacionado donde no debería, con los vidrios empañados; esa pura idea de tu mente acelera tu pulso, te hace sudar y paraliza tus movimientos.
El miedo que nos habita
Cuando pregunté qué emoción reflejan los riñones, la respuesta me cayó como un balde de agua helada: el miedo.
Me quedé petrificada. Según mi mente racional, yo estaba bien, avanzando "con todo" y procesando mis procesos conscientemente. Pero mi cuerpo, ese sabio que no sabe mentir, estaba temblando de puro terror. Resulta que a veces nos protegemos tanto, nos cargamos tanto de fuerza para seguir adelante, que nos olvidamos de mirar lo que nos asusta.
Hoy, aquí estoy: escribiendo con todo y miedo, viviendo con todo y miedo, y sí, amando con todo y miedo. Porque el miedo no sólo paraliza; si lo escuchamos, también nos cuida y nos marca el camino de lo que aún necesita ser sanado.
El veredicto
Al final, el cuerpo es el único testigo que no sabe mentir. Puedes engañar a tu mente con afirmaciones positivas y puedes maquillar tus silencios con una sonrisa, pero el miedo que no se habla siempre encuentra una salida. El mío decidió instalarse en mis riñones para recordarme que, por más que yo quiera correr, no puedo ir más rápido que mi propia verdad.
Hoy te pregunto a ti, que me lees: ¿Qué está gritando tu piel mientras tú te haces la sorda? No esperes a que el cuerpo te detenga en seco para empezar a escucharte. El miedo no se va cuando lo ignoras; se va cuando lo miras a los ojos, le das las gracias por intentar protegerte y, aun con las piernas temblando, decides dar el siguiente paso.
Vive. Tiembla. Pero no te abandones.
Mi invitación para ti
Y como dice mi maestro, la vida solo es rica en experiencias. Al final de nuestros días, lo único que nos llevamos en la maleta es lo que nos permitimos sentir y vivir. Por eso, hoy te invito a dos cosas:
Escucha tu cuerpo: Por simple que parezca el síntoma —una gastritis, un dolor de espalda, un tic en el ojo—, pregúntate: ¿Qué es lo que no estoy mirando?
Y dos: No esperes a que el miedo se vaya para vivir: Abrázalo, agradécele que está intentando protegerte y camina con él.
Posdata Existencial
A veces creemos que "crecer" es dejar de tener miedo, pero la verdadera madurez es aprender a temblar con elegancia. No te pelees con tus síntomas; son solo correos urgentes de tu alma que tu cuerpo se atrevió a entregar. Ábrelos, léelos y, sobre todo, no te olvides de responderte.
Yo soy Karolina Kasas, y hoy elijo honrar cada marca, cada síntoma, cada miedo, porque son la prueba de que estoy aquí, habitando mi historia con total intensidad.