Desperté mirando hacia el lado donde dormías. Ese era tu lugar en la cama y me di cuenta de que nuevamente estaba vacío.
Ya han pasado 70 días y tu ausencia sigue sintiéndose como si te hubieras ido hace un minuto.
La diferencia ahora es que esa ausencia no duele. Al contrario, me hace feliz saber que un día estuviste ahí y que hoy estás donde siempre quisiste estar.
Sonrío al pensar que estás mejor, lejos de mí.
¿Puede existir amor entre dos personas que ya no están juntas?
Hemos aprendido a pensar que si dos personas se aman, lo natural es permanecer juntas, y que cuando ya no se aman, entonces lo normal es separarse.
Pareciera que no hay manera de que dos personas puedan separarse y seguir amándose, pero tal vez es totalmente posible y más normal de lo que pensamos.
La cuestión es que a veces no sabemos cómo hacerlo y nos asusta tanto pensar en ello que preferimos negarlo y seguir con la costumbre de entregarle, al famoso amor tradicional, el control absoluto de nuestra vida.
El problema aparece cuando confundimos amar con necesitar, amar con depender o amar con permanecer en una relación pese a las propias necesidades; sólo porque la costumbre dicta que el amor es darlo todo por el otro.
Ahí comienza el llamado “amor ciego”, pero no el amor genuino.
El riesgo de amarse ciega y confusamente es que ambos terminen perdiendo al otro e irónicamente terminen perdiéndose a sí mismos.
Y la pregunta esencial en este caso sería:
¿Cómo puedes estar con alguien sin ser primeramente alguien en ti?
Se requiere de mucho valor para descubrir que antes de amar, hay que amarse, ya que difícilmente se puede ofrecer lo que no se conoce.
El enamoramiento hace creer que se necesita de otro para sentirse completos, pero no necesariamente significa que dos personas sepan construir una vida juntas.
El amor, en conciencia, implica algo mucho más profundo. Implica mirarse uno al otro y preguntarse:
¿Quién soy?
¿Quién eres tú?
¿Quién soy yo cuando estoy contigo?
¿Quién eres tú cuando estás conmigo?
¿Y quiénes estamos eligiendo ser juntos?
Desde el modelo de Semiología de la Vida Cotidiana®, la elección de pareja y aquello que sostiene la relación, requiere de tres criterios importantes: la polaridad, el amor y el proyecto de vida en común.
La polaridad une a los cuerpos. Es esa atracción bioquímica y electromagnética que determina la intensidad sexual.
El amor es el vínculo de intimidad compartida. Es el compromiso, la admiración y la inspiración que hace que dos personas digan: “sí contigo”.
Y el proyecto de vida es aquello que deciden construir juntos, a la par. Son los sueños que se desean alcanzar en compañía, donde la inspiración por ser mejor uno al lado del otro cobra toda la fuerza del mundo.
Los tres elementos se integran y se alimentan en reciprocidad.
Suele considerarse al amor como al mayor protagonista de la relación, pero te invito a pensar mi querido lector si te ves realizado en una pareja sin la polaridad o sin el proyecto de vida en común.
El amor es la bisagra ente los tres elementos pero no el más importante.
Se puede forzar la relación, negociar, ceder, hacer que la otra persona o tú renuncien a sus sueños, pero ante la ausencia de uno de estos tres criterios, el imán pierde su magnetismo.
E incluso, el propio amor se podría convertir en odio.
Y vaya que eso si es común, terminar odiándose, deseándose lo peor, amargados y sin el deseo de ver al otro feliz.
Lo cual es muy sarcástico porque si inicias una relación y le dices a esa persona: “quiero que seas feliz”; entonces lo mínimo sería ser congruente con ese sentimiento.
Si la obligas a quedarse a tu lado, sería como si quisieras que el aire circulara en una habitación totalmente cerrada; lo que ocurre es la asfixia.
Habrá que abrirse a la posibilidad de comprender que el amor genuino no aprisiona.
A veces, amar es soltar la mano. Y soltarla a tiempo para que ese amor se pueda mantener intacto.
No existe un acto amoroso más grande que dejar ir al otro cuando el espacio de crecimiento mutuo se ha convertido en una limitación.
La unión puede seguir existiendo en el recuerdo, en el acompañamiento a la distancia y en esa complicidad que surge al ver cómo uno de los dos tiene el valor de decir: “aquí ya no es”.
La separación puede ser la forma más honesta de dejar que ambos se vayan para encontrarse.
Hay personas que crecen juntas y hay personas que, paradójicamente, necesitan crecer separadas.
Si lo vemos desde este ángulo, el amor que se tenían juntos puede hasta reforzarse y generar mayor admiración en la distancia, sólo por atreverse a dar uno de los pasos más importantes de sus vidas: aprender a amarse a sí mismos para amar mejor después.
Y solo así, puede que algún día uno de los dos pueda mirar el lugar vacío al otro lado de la cama y descubrir que ya no necesita llenarlo para sentirse amado.
Quizá hasta pueda sonreír no porque ya no ame a la persona, sino precisamente porque aprendió a amarla sin necesidad de poseerla.
Por lo tanto querido lector, aceptar que puedes amar sin retener, sin apegarte y sin querer que la otra persona tenga que dejarse de lado para complacerte es la máxima plenitud y gratificación a la que puedes aspirar.
Así que no temas perder a alguien porque no coincida con tus anhelos o porque no vaya en tu misma dirección. Teme perderte a ti cuando estes en una relación donde en el fondo no deseas estar.
Y regocíjate cuando el otro te deja ir para que puedas volar hacia tus sueños, porque eso sin duda, significará que realmente te ama.
