Narrador 1 | El tiempo pasó muy lento para algunos y muy rápido para otros. ¿Sabes? Mientras más se crece, más parece que la vida es un instante, y mientras que haya delante muchos años todavía… ¡Ah… la vida se hace eterna…! Y ninguna cosa enerva el deseo de ser mayor… |
Narrador 2 | Pero… ¿y Julián? |
Narrador 1 | Sí, es mejor que continuemos la historia. |
Narrador 2 | ¿Tanto creció? |
Narrador 1 | (Bromeando) Algunos metros… |
Narrador2 | (Guturales sorpresa) |
Narrador1 | (Sonriendo) Mentira… Sí, era alto. Medía uno ochenta y tantos, ese año había cumplido 24 primaveras; un tipo bien dado era: de buen porte, de bigote bien recortado y de espaldas anchas, cual roble… |
Narrador 2 | ¿Las muchachas lo admiraban? |
Narrador 1 | ¡Claro! Además, era noble y respetuoso el muchacho, trabajador en el rancho, y en sentimientos cual tronco, que no hay nada que lo doble. |
Narrador 2 | Ya veo; todo un ejemplo del buen hijo mexicano. |
Narrador 1 | Pero con pistola en mano jamás lo verías andar, ‘onque era de armas tomar, mas siempre a mano pelona… Hasta que… |
Narrador 2 | Dime… |
Narrador 1 | Pregonan en el pueblo… |
Narrador 2 | ¿Sí? |
Narrador 1 | Que… |
Julián | Buenos días, señorita. |
Narrador 1 | Saludó a Angélica Duarte, que belleza desbordante derrochaba por la plaza, mientras ésta, rumbo a casa, cargaba un muy estorboso paquete, y en el rebozo un adorno iba al garete. |
Angélica | (Con voz baja) Buenos días… |
Narrador 1 | Respondió tímidamente la joven, sin alzar completamente los ojos, como si temiera que algo o alguien se los robe. |
Julián | (Amable) Permítame que la ayude… |
Angélica | (Apenada) No joven, no se moleste. Voy nada más aquí cerca, mire, desde aquí veo mi puerta y no pesa la gran cosa… |
Julián | (Sonriendo) No, no es eso, es otra cosa… (Hablando como para sí mismo) Lo que de verdad no quiero es que este adorno tan lindo se caiga… |
Narrador 2 | Se presentó, y con esmero, a la vez que con cuidado, acomodó aquella rosa que pendía del rebozo. Fue entonces que aquel hermoso par de ojos se posó en la mirada serena de Julián, y ella, con pena, le regaló una sonrisa, ruborizada… tan tierna, que el corazón masculino sintió algo que el destino jamás le había hecho sentir. Titubeó en su decir, sólo un poco, no era el tipo de muchacho que le teme las mujeres… |
Julián | Bueno… |
Narrador 1 | Habló. |
Julián | Pero, si quiere, también puedo acompañarla y ayudarle… |
Angélica | (Sonriendo) Encantada. |
Narrador 2 | ¡Vaya que era todo un poeta campirano! |
Narrador 1 | Lo era. Muy educado y elocuente en sus conquistas, pero no pierdas de vista que era muy enamorado; que aún no había llegado quien su cortejo ignorara, que siempre había conseguido a las mujeres más bellas; si ponía el ojo en ellas, no había modo de escaparse… |
Narrador 2 | Continúa. |
Narrador 1 | Bueno, es que… dicen… o decían que no había aún nacido la mujer que desairara los deseos de Julián… |
Narrador 2 | Y… ¿los que decían hacían mal? |
Narrador 1 | Pues… se habían equivocado. |
Narrador 2 | (Suspiro)… solito se iba a domar… |
Narrador 1 | Solito, sí. Es la verdá. |
Jacinto | ¿Qué traes, Julián, que te veo últimamente apagado? |
Julián | Nada, apá, nada ha pasado. Estoy bien… |
Jacinto | Mira, chamaco, te conozco, bien lo sabes. Ni hablar, si tú no quieres contarme, no hay problema, pero mira, para cuando te decidas, aquí estoy, que no hay peor pena que la que se queda dentro, cuando quieras, te repito, aquí estoy yo pa’ escucharte… |
Julián | Gracias, viejo. La verdad es que sí traigo algo dentro… pero, si no lo comento no es por falta de confianza, es que… (suspiro) no sé qué es lo que me pasa. Mira, déjame pensarlo, porque, por más que lo intento, no logro explicar qué tengo; bueno, sí, pero… ¡Ay, viejo… estoy todo confundido! |
Narrador 2 | Jacinto sonrió a su hijo. |
Jacinto | Cuando tengas la cabeza ordenada, ven a verme |
Narrador 2 | Le dijo, besó su frente y lo abrazó con firmeza. |
Narrador 1 | Pasaron días y noches tan tranquilas como extrañas; la gente estaba habituada al escándalo, al jolgorio, pero no a ese velorio en el que se convirtió la casa del buen Julián. La gente empezó a pensar que estaba enfermo el muchacho… y no estaban tan errados; enfermo, sí, mas sus males no son los que han curarse con medecina del cuerpo, sino aquéllos que te calan, que te roban el aliento, y que uno siente que sólo pueden quitársele muerto. |
Narrador 2 | ¡Shhhh! No me hables de muerte… todavía. Pero sí, era cierto, corría por todo su cuerpo una extraña sensación, de vacío, de desazón, como… como si estuviera muerto. |
Narrador 1 | Y es que medecina alguna jamás le había hecho falta, jamás desde su garganta una queja habrías oído; nunca, escucha lo que digo, una dolencia le dio, ni cuando se resbaló de un árbol y con violencia, su cabeza, dura y necia, contra el suelo se estrelló. Ni cuando… |
Narrador 2 | Sí, ya lo entiendo. Ya no digas más; sentía lo que, por otras razones, más del cuerpo, en todo ese tiempo jamás había sentido. |
Narrador 1 | Eso es… así había sido. Así que… ya te imaginarás… |
Narrador 2 | ¿Qué imagino? ¿Qué insinúas? |
Narrador1 | … que sentía mucho temor… |
Narrador 2 | (Comprendiendo) Pues no conocía dolor… |
Narrador 1 | Bueno, en una de esas noches que pasaron, no cualquiera, una especial, víspera de su cumpleaños, una en la que más se esperaba algarabía en el rancho, desnudó su alma el muchacho: |
Julián | Viejo, quiero algo tranquilo. Tú y yo con Juana y con Nora, nadie más, no por ahora. Espero que tú me entiendas… |
Jacinto | Hagamos lo que tú quieras. |
Narrador 2 | Y lo abrazó con ternura, aunque… un dejo de amargura se dibujó en su semblante. Mantuvo la vista errante: de las paredes al techo, mientras sentía en el pecho instalándose un temor. Requirió mucho valor para soltar ese abrazo, como si el siguiente paso, quiero decir, despedirse, fuera cerrar una puerta que jamás volvería a abrirse. |
Jacinto. | ¿Quieres contarme? |
Narrador 1 | Le dijo. Buscando así hacer más largo ese momento a su lado. Julián lo miró calmado, sonrió y, al fin, ya sin dudas, tomó en sus manos las suyas, y lo invitó a acompañarle. |
Narrador 2 | Pasearon hasta muy tarde por la finca, compartiendo sus pesares; sus dolencias, sus desaires, cosas que muy rara vez Jacinto habría escuchado de los labios de su hijo. |
Narrador 1 | En un momento, muy fijo se quedó el cuerpo del joven. |
Julián | ¿Escuchaste? |
Narrador 2 | Dijo, entonces. Pero Jacinto negó. |
Jacinto | ¿Qué fue? Dime qué escuchaste. |
Narrador 1 | Dijo Jacinto a su hijo, pero éste ya nada dijo, y se alejó algunos pasos. |
Jacinto alargó sus brazos, pero no pudo tocarlo. El joven continuó andando a donde quiera que fuera que escuchara aquel sonido, voces, sabe Dios qué ruidos… | |
Narrador 2 | Pero ya no escuchó nada. |
Narrador 1 | Volvió a sentir algo dentro, pero esta vez diferente de lo que le provocaban los malestares recientes. |
Julián | ¿Quién eres? |
Narrador 1 | Dijo entre dientes, cuando volvió a percibir aquella extraña presencia que de niño lo acosaba, y que ya había olvidado. |
Narrador 2 | Jacinto habló, consternado. |
Jacinto | Julián, ¿qué pasa? |
Narrador 1 | Mas éste tenía la vista perdida, muy fija ahí, en la negrura de la maleza que, a oscuras, parecía albergar un alma. |
Narrador 2 | Luego, sin perder la calma, caminó hasta lo profundo, sin pensar; mas un segundo más tarde estaba de hinojos, cuando al fin, ante sus ojos, apareció esa presencia que acosaba su inocencia y le miraba sonriente. |
Anciana | Aquí estamos, frente a frente. |
Narrador 1 | Le dijo, infame, la anciana que, de noche y de mañana, buscaba su compañía hacía ya muchos años. |
Anciana | Esta vez, no más engaños… |
Narrador 2 | Le dijo mientras asía a una mujer con su diestra; tenía otra en la siniestra. Ambas parecían en trance. |
Narrador 1 | Jacinto logró acercarse, presa de una gran angustia. |
Jacinto | Así que has cumplido, mustia. |
Narrador 2 | Reclamó con osadía. |
Anciana | ¿Es que, acaso, no creías que cumpliría el vaticinio que les hice aquella noche? |
Narrador 1 | Horas antes de ese día, muy lejos de aquella hacienda, y muy cerca de la plaza, la luz de luna una casa iluminaba indecente. |
Nana | Señorita… |
Narrador 1 | De repente, dijo a Angélica su nana, que, peinándose sin ganas, contemplaba su semblante en el espejo brillante de su cuarto; un rostro serio, sin expresión aparente, cuyos ojos, en torrente, mil lágrimas desbordaban. |
Narrador 2 | La pena que ahí albergaba jamás volvería a sanar. |
Nana | Le esperan para cenar. |
Angélica | Claro, Nana, ahora bajo. |
Nana | Niña… |
Narrador 1 | Dijo por lo bajo. |
Nana | No esté triste. Todo pasa por una buena razón que Dios, que es nuestro Señor, ha planeado pa’ nosotros. Déjeme limpiarle el rostro, porque si su padre nota que ha llorado, en mala hora, puede que vuelva a enfermarse... |
Angélica | Nana, debes prometerme que no dirás lo que sabes. |
Nana | Se lo juro. |
Angélica | Muchas gracias. |
Nana | Ande, venga, yo le ayudo. |
Angélica | Gracias... |
Narrador 2 | Dijo, pero un nudo doblegó su voz marchita. Luego escuchó: |
Nana | Señorita, Julián es un buen… |
Angélica | (Interrumpiendo) No sigas. (llanto contenido) No sigas, por Dios, no digas nada más sobre Julián. |
Nana | Pero él cree que usted lo ignora… |
Angélica | Es mejor, si en mala hora cruzamos nuestros caminos. |
Nana | Niña… |
Angélica | Ya no hay más que resignarme. Yo sé que voy a morir. |
Ya pronto esta insana vida tan sólo será un remanso. | |
Adelante, ahora te alcanzo. | |
Nana | Sí, niña. |
Narrador 2 | Y salió del cuarto, sin convicción, con zozobras. |
Narrador 1 | Mientras, fuera, entre las sombras, con mirada inalterable, una anciana, casi amable, contempló cómo apagábase la luz del cuarto vacío, mientras ella, señalaba hacia las sombras ingratas que ahora cubrían la casa. |
Anciana | Cómo pasa… |
Narrador 1 | Murmuró |
Anciana | … el tiempo… ya es casi la hora. |
Narrador 1 | Y echó un último vistazo a la casa que lucía tan desolada, vacía, como si nadie habitara su interior, como si nada de vida hubiera delante… como ignorando a quien llora… |
Anciana | Antes que llegue la aurora… |
Narrador 1 | Repitió y sonrió triunfante. |
¡Feliz día de muertos!