Estimada familia:
Quiero que sepan que voy a morir.
Pero no, no se trata de un aviso urgente ni de un evento con fecha establecida; es apenas la certeza que a todos nos atraviesa de que eso ocurrirá, aunque a veces queramos esquivarla y prefiramos no pensar en ella.
Algún día moriré —no sé si antes o después de ustedes, pero ese día llegará-. Y justamente porque llegará, quiero hablarles ahora, mientras puedo mirarlos, abrazarlos, escucharlos y decirles con esta voz que aún resuena, lo que tantas veces he pensado en silencio.
Cuando ese día llegue, espero, sinceramente, que no se desate una oleada de emociones negativas, de reproches a la vida o a un ser supremo, porque desde que nacimos estábamos avisados: un día vamos a morir. Sólo es cumplir un ciclo. Ojalá logre transmitirles la idea de que experimentar un dolor desgarrador ante la muerte no es indicio de un gran amor, sino de otras cosas.
Por ello, no me gustaría un espacio en la tierra para un cuerpo inerte que ya no me pertenece, porque ese cuerpo sólo fue mi vehículo; un traje prestado que finalmente devolví lo más gastado que pude. Lo que fui —mi voz, mis gestos, mis risas, mis ideas— ya no estarán ahí, pero sí en sus recuerdos. Ustedes saben que nunca me han gustado las flores, y menos aún el simbolismo de dejarlas junto a un cadáver, como diciéndoles “mira, eso es lo que te espera”, después de haberles cercenado su propia vida. ¿Para qué cortar una flor? No desperdicien momentos visitando muertos, si eso implica dejar de aprovechar la vida de quienes aún respiran a su lado.
Tampoco me gustaría ser el pretexto de una conglomeración de personas que creen que la culpa de nunca haber estado se alivia con unas cuantas horas de duelo. Si los ven decir o publicar lo bueno que fui, pregúntenles por qué, entonces, no compartieron más instantes a mi lado (ya sabes, si no me quisiste cuando estaba así, no me busques cuando esté así). No quiero homenajes que no podré ver, ni palabras hermosas que no podré escuchar. Prefiero saber hoy, sin pudor y sin ambages, si soy importante para ustedes. Prefiero que hoy me abracen, que hoy me cuenten lo que sienten, que hoy se atrevan a reír conmigo e, incluso a discutir, mientras todavía podemos dialogar. No quiero que se borren mis defectos bajo la embriaguez de la nostalgia.
Si tienen palabras para mí, me gustaría escucharlas ahora, cuando todavía me hacen formar parte del juego, no cuando sólo quede el eco de mi nombre en un velorio.
Ojalá las lágrimas, si aparecen, nunca sean de arrepentimiento por lo que dejaron de hacer, sino un genuino sentimiento de tristeza por lo que se fue y ya no disfrutaremos. Ojalá que la nostalgia no les impida celebrar la alegría de lo que sí compartimos. Sobre todo, no condenen el hecho de que me haya ido; agradezcan el hecho de que estuve aquí, de que nos encontramos, de que caminamos juntos por un tramo de este viaje.
Pero ¿quién soy yo para prohibirles hacer o sentir lo que dicte su voluntad? Sólo espero que, si deciden llorar, reunirse, rezar y seguir las costumbres populares que han aprendido siendo pequeños, tomen conciencia de que no lo hacen por mí, sino por ustedes mismos, porque sus manifestaciones en ese momento a mí no me serán utilidad. Y no lo digo con reproche, sino con cariño: lloren si quieren, abrácense si lo necesitan, pero háganlo sabiendo que ése es un alivio para ustedes.
Y con estas palabras, no quisiera que vivieran la tristeza de lo que aún no ha llegado, sino que vivan la alegría de lo que todavía está aquí. Cada segundo que pasamos juntos es un milagro cotidiano, un regalo que alguien —quizá la vida misma— le concede a quien, ante una pérdida inminente, ruega por un instante más. Aquí lo tienes. Aprovechémoslo. Abracemos esta oportunidad con gratitud, porque la vida se nos está dando ahora, no después.
Así que levanten la vista y abrámonos sin reservas. No esperemos a que la muerte nos enseñe lo que la vida ya nos está gritando: que el momento es ahora. Porque cada palabra dicha hoy desde el fondo del alma es un puente que mañana no habrá que lamentar. Porque cada gesto compartido hoy de manera consciente es un acto de eternidad. Brindemos, entonces, por esta certeza: todavía estamos aquí. Todavía podemos. Todavía es hoy.
Con todo mi amor y mi conciencia despierta,
Daniel