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El ahijado de la muerte (parte 1)

Mis cubiertos favoritos: la muerte se sienta a comer

Navegando tranquilamente por las redes sociales, me encontré con un artículo que, sin rodeos, me llevó hasta la muerte.

Así, tal cual como te lo imaginas querido lector. Te cuento:

Era un artículo que decía más o menos así:

Si la muerte se sentara junto a ti y te dijera “termina de comer, es hora de irnos”, ¿qué le responderías?

Burlonamente pensé que tal vez me atragantaría, tiraría la comida o daría el salto de mi vida cayendo de la silla. Pero como ya he tenido suficiente con las caídas, imaginé que quizá le haría caso y sin más, terminaría de comer.

En ese momento no creí que tuviera demasiada importancia el hecho de que la muerte llegara mientras comes. Siguiendo con el humor negro, creo que la muerte llega cuando quiere: sin cita programada, sin negociaciones y sin sutilezas.

Si llega mientras como o mientras me baño, daría lo mismo.

Terminé de leer el artículo, realicé algunas tareas de la casa y me dispuse a comer.

En medio del bocado, llegó a mi mente la pregunta incómoda: si llegara en este momento, ¿qué haría?

Imaginé la siguiente escena:

Estás comiendo y, de repente, una sombra tenue entra por la puerta. Poco a poco se va esclareciendo, agarra forma y camina hacia ti. Se sienta a tu lado y te observa. Temerosa, volteas y le preguntas con la mirada ¿quién eres? Y ella, con calma, toma una fruta y te dice: sabes quién soy.

Congelada dejas los cubiertos a un lado y quedas esperando a su siguiente frase.

Ella te dice: “termina de comer, que ya nos vamos”.

Un escalofrío se apoderó de mi cuerpo al imaginar toda la escena. Mi cabeza se detuvo en un último pensamiento irónico: me dio permiso de terminar de comer. 

¡Qué buena onda!

Pero, aun así, el apetito desapareció. 

Decidí levantar los platos, recoger la mesa y dejar todo limpio. Mientras lo realizaba, abrí el cajón de los cubiertos y con una gran sonrisa en mi rostro, me encontré con los cubiertos que me gustan, los tomé, los observé y el apetito regresó: me senté a comer de nuevo.

Como por arte de magia volvió la pregunta incómoda: ¿qué haría si la muerte llega mientras estoy comiendo?

Y de inmediato lo supe: iría por mis cubiertos favoritos.

Esos que hicieron que el apetito regresara. Esos que me hicieron sonreír cuando ya no tenía ganas de comer. Esos que disfruto porque, para mi gusto, son muy bonitos. Iría por aquello que me hace feliz.

Tomaría esa decisión porque cada vez que reflexiono sobre la vida y la muerte deseo que mi último momento sea haciendo algo que me gusta, disfrutando lo que tengo, usando la ropa que me encanta y por qué no, estando al lado de mi persona favorita.
Simplemente me gustaría que el momento fuera especial para irme con un último recuerdo significativo.

A lo mejor hasta le pediría que me acompañara en el último bocado, para que se sintiera tan contenta como yo por disfrutar de la última comida.

Pero, siendo realistas, no sé si eso sea posible. No sé si la muerte me conceda ese permiso ni si lograría sentirme feliz en el último respiro.

Y como difícilmente sabré el momento exacto en que la muerte llegue a mí, tal vez la propuesta más realista sea hacer que cada momento sea lo más feliz posible.

Usar, siempre que se pueda, aquello que alegra mis días.

Y sí, lo sé, a veces es difícil de conseguir porque no falta algo que se atraviese en nuestra rutina y nos saque de nuestras casillas. Pero justo ahí está el reto y, quizá, la verdadera razón por la que no conocemos nuestra fecha de caducidad: sea para ensayar constantemente nuestro mejor momento. Y eso solo se puede hacer en vida.

La vida es la cómplice de la muerte. Se presenta para aliviar el peso negativo que trae consigo saber que un día dejaremos este mundo.

Hay quienes dicen que la muerte nos da toda una vida de ventaja para alcanzarnos. 

Y aunque culturalmente la muerte es algo que normalmente nos espanta a todos, su sola existencia deja un mensaje claro: hay que aprender a vivir.

No a sobrevivir, como tantas veces hacemos, sino a usar la ropa favorita en cualquier fecha, no solo en las marcadas como especiales en el calendario. A reírnos del caos que nos rodea, porque al final ese caos se quedará aquí cuando nos toque retirarnos del escenario.

Hay que aprender a decir sí a aquello que nos hace sentir únicos, auténticos y llenos de vitalidad.

Hay que aprender a respetar y agradecer que aún podemos despertar, mientras sea posible.


Tal vez la muerte no se tenga que anunciar para darnos el permiso de hacer ese viaje que pospusimos por mucho tiempo. Tal vez nos agarre viendo la tele, pero que sea viendo algo que nos satisfaga.

Por lo tanto, si la muerte hoy te visitara, ¿qué estarías haciendo?

Deseo de corazón que estés viviendo un momento único y especial; uno que se quede en la memoria como el punto final de una gran película.

Ese que eliges en plena conciencia de tu plenitud.

Si la muerte te da permiso, aprovéchalo al máximo para que en tu rostro se dibuje la sonrisa de la satisfacción total y puedas decir: hecho está.

Y, si es posible, no olvides cargar tus cubiertos favoritos, no como prevención, sino como recordatorio de que cada cosa que hagas puede convertirse en el mejor recuerdo de tu vida.

Vivir bien es el único ensayo que tenemos para despedirnos en paz.

Vive de tal manera que, si la muerte llega, tengas el placer de decirle: ven, siéntate y disfruta de mi comida, que yo invito.

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