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¿Puedo conseguir que hagan lo que quiero? (Parte II)


En el artículo anterior de mi autoría dejamos sembrada una idea: tú no puedes hacer que las personas cambien, pero sí puedes llegar a inspirarlas para hacerlo.



Sin embargo, para que no me juzgues duramente después, cuando intentes inspirar a alguien y esa persona no modifique su conducta, debo ser honesto contigo: lo planteado en aquel artículo constituye, si acaso, sólo la mitad del camino. Y lo digo con toda intención, porque sería muy cómodo quedarnos con una respuesta medianamente esperanzadora y suponer que, si alguien no cambia después de vernos hacer “lo correcto”, entonces el problema está en esa persona, en su terquedad, o en cualquier otra condición atribuida que nos permita seguir creyendo que nosotros sí estábamos haciendo todo bien.

Pero no siempre es así, porque el problema muy probablemente se encuentre justo en la idea de “lo correcto”.

Antes de continuar, conviene recordar que la pregunta a la que estamos intentando dar respuesta es: “¿puedo hacer que los demás hagan lo que yo quiero?”. Y lo que hemos platicado hasta ahorita quizás pueda interpretarse como esta respuesta: 

“Quizás, pero jamás por presión externa, sino por inspiración interna”. 

¿Es eso suficiente para ti? Quizás no. De hecho, estoy seguro de que ese “quizás” sale sobrando. Y es que no todas las personas que vean que haces algo querrán hacer lo mismo. Lo que es más: para aspirar a conseguir que lo hagan, tendrías que plantarte delante de ellos con toda la intención de que te observen, y eso puede resultar chocante.

Porque una cosa es inspirar y otra muy distinta es montar un espectáculo moral.

Hay personas que no ayudan, sino que se exhiben ayudando. No ordenan las mancuernas, sino que convierten cada mancuerna en una conferencia silenciosa sobre civismo, disciplina y superioridad personal. Y, cuando eso ocurre, la inspiración se convierte en una forma muy elegante, aunque ineficiente, de presión.

Pero, dado que sí pretendo cumplir la promesa del título de esta serie de artículos, debo hablarte sobre la otra mitad del camino, y es entonces que corresponde que hablemos de las personas que creen tener derecho a dictarle a otra lo que debe hacer. ¿Recuerdas que lo prometí en el artículo anterior? Bueno, pues aquí estamos, porque una promesa es una promesa.


Antes de seguir leyendo, contéstate esta pregunta: 

¿Qué es lo que quiero que hagan los demás?

Pero, para no ponernos a patinar en una lista innumerable de cosas, déjame reformular la pregunta:

¿Por qué creo que la gente debería hacer lo que yo quiero?


 

Bien. Aquí sigo.

¿Encontraste respuesta a la pregunta? ¡Excelente! Ahora déjame plantearte una nueva pregunta:

¿Por qué crees que lo que tú quieres que hagan los demás es lo correcto? (¿recuerdas aquello de “lo correcto”?).

Porque ahí empieza el verdadero problema. No en que queramos influir en otros, sino en que casi siempre partimos de una suposición bastante peligrosa: que nuestro deseo es correcto sólo porque es nuestro. Que, si yo quiero que mi hijo estudie más, que mi pareja sea más detallista, que mi amigo deje de hacer eso que me desespera, que mi compañero de trabajo sea más ordenado, entonces, lo que yo quiero no sólo es válido, sino evidente, lógico y necesario.

Y quizás sí…

… pero quizás no.

Rara vez nos detenemos a preguntarnos de dónde viene eso que queremos de los demás. A veces viene del amor, sí, pero otras veces viene del miedo. A veces viene de la experiencia, pero otras, del trauma. A veces viene de una intención genuina de acompañar, pero otras viene de una vieja necesidad de controlar lo que no podemos tolerar. Muchas veces, cuando decimos “quiero lo mejor para ti”, en realidad queremos decir “quiero que vivas de una forma que a mí me deje tranquilo”.

Déjame volver a preguntártelo: ¿por qué crees que lo que tú quieres es lo que conviene a los demás?

Avanzando en esta mágica travesía llamada vida, me he dado cuenta de algunas cosas, no todas fáciles de comprender, pero quiero compartirte una de ellas: todos obramos por y para nosotros mismos, aunque creamos que lo hacemos por los demás. Si esta lógica es certera, lo conducente sería decir que todos deberíamos responsabilizarnos de las consecuencias de nuestros actos, en lugar de achacar culpas a alguien por quien “hicimos lo que hicimos”.

Esto no significa que seamos egoístas en el sentido vulgar de la palabra. Significa algo mucho más simple: que, incluso cuando ayudamos, educamos, aconsejamos, corregimos o acompañamos, hay algo de nosotros puesto ahí. Nuestra historia, nuestra necesidad, nuestra idea del bien, nuestro miedo a que el otro sufra (o a que no lo haga), nuestro deseo de ser útiles, nuestra angustia ante la posibilidad de que alguien que amamos tome malas decisiones...

Por eso es tan fácil confundir orientación con apropiación.

Orientar a alguien es ofrecerle luz para que pueda ver mejor su propio camino; apropiarse de alguien es tomar esa luz y apuntarla sólo hacia el camino que nosotros ya decidimos que debe recorrer. Y entonces dejamos de acompañar para empezar a dirigir, dejamos de escuchar para empezar a dictar, dejamos de preguntar para empezar a ordenar, y dejamos de amar a la persona real para intentar moldear a la versión que nuestra imaginación considera correcta.

Hablemos sobre tus hijos.

¿Qué es lo que quieres que hagan ellos? ¿Quieres que se coman la sopa o que les guste lo que comen? ¿Que se levanten temprano o que conozcan el valor del tiempo? ¿Que estudien para ser alguien en la vida o que descubran qué les hace felices y cuál puede ser su mejor aportación al mundo? ¿Quieres que te obedezcan ciegamente o que aprendan a tomar decisiones con responsabilidad? ¿Que nunca se equivoquen o que sepan levantarse y corregir cuando lo hagan? (porque ten por seguro que lo harán).


Lo que sucede es que todos tenemos en la cabeza un modelo de lo que significa vivir “como se debe”, construido con piezas que recogimos de nuestra propia crianza, de nuestras experiencias, de nuestros fracasos, de nuestros éxitos y de nuestros miedos. Y no es sencillo que renunciemos a la idea de que los demás vivan de una forma opuesta a la nuestra, sobre todo cuando los amamos y creemos, genuinamente, que sabemos qué les conviene.


Porque, además, a veces sí sabemos más.

Un padre sabe cosas que su hijo todavía no sabe. Un maestro sabe cosas que su alumno aún no comprende. Una persona que ya se cayó en cierto hoyo puede advertirle a otra que, dos pasos más adelante, el piso desaparece. Pero saber más no nos da derecho a vivir por el otro.

Ésa es la parte difícil. Podemos advertir, orientar, explicar, acompañar y, cuando corresponde, poner límites. Pero no podemos apropiarnos de la voluntad ajena sólo porque tenemos buenas razones, porque incluso las buenas razones pueden convertirse en cadenas cuando se usan para impedir que alguien descubra su propio camino.

Facundo Cabral cantaba una canción cuya letra dice:

“En la sierra Tarahumara a una niña le escuché: ‘¿Pa’ qué voy a tener hambre, si no tengo qué comer?’”.

Y yo te preguntaría: ¿pa’ qué vas a tener ganas de cambiar voluntades, si no lo puedes hacer?

¿Qué tal si la clave para conseguir que tu hijo haga lo que tú quieras es comenzar a desear distintas cosas de él?

Porque tu hijo no está para obedecerte, ni tú estás para dictarle qué hacer. Tu hijo es un ser en desarrollo que requiere orientación, por supuesto, pero también condiciones para experimentar, aprender, caer y levantarse sin sentir que será juzgado por eso. Tu labor no es arrojar sobre él tus traumas, complejos o ideas preconcebidas de lo que significa ser una buena persona, disfrazados de consejos que pretenden manipular su voluntad, sino permitir que encuentre su propio camino, que puede ser muy diferente al tuyo, y estar ahí para cuando requiera apoyo.

Esto, por supuesto, no significa dejarlo hacer cualquier cosa. Tampoco significa renunciar a educar, poner límites, corregir o intervenir cuando haya peligro. No confundamos permitir que alguien sea quien es con aplaudir cualquier conducta como si la libertad consistiera en hacer barbaridades con entusiasmo. Una cosa es respetar la voluntad de alguien y otra muy distinta es abandonar nuestra responsabilidad cuando esa persona necesita guía, contención o consecuencias claras.

Decir “esto que hiciste tiene este efecto” no es lo mismo que decir “si me quisieras, harías lo que yo digo”. Poner un límite no es lo mismo que castigar con silencio. Orientar no es lo mismo que humillar. Acompañar no es lo mismo que perseguir. Y aconsejar no es lo mismo que invadir la vida de alguien con un manual de instrucciones que nadie pidió, nadie leyó y, con toda probabilidad, nadie piensa aplicar.

Repite conmigo: un consejo no pedido rara vez es bienvenido.

Y cuando lo es, casi nunca es por el consejo en sí, sino por la relación que lo sostiene. La gente no escucha igual a quien se acerca para imponer que a quien se acerca para comprender. No recibe igual una palabra que nace del respeto que una que nace de la desesperación por controlar. No abre la misma puerta ante alguien que pregunta “¿quieres que te diga lo que veo?” que ante alguien que entra pateando la conciencia ajena con la seguridad de quien se cree enviado especial de la verdad.

Y sí, ya sé que a veces los demás desesperan.

Hay personas que parecen tener una vocación casi artística para tomar malas decisiones. Las ves caminar derechito hacia el desastre con una seguridad admirable, y tú, que ya viste la película, la secuela y el remake (o quizás los protagonizaste), quisieras entrar en escena, quitarles el volante y salvarlas de sí mismas. Pero incluso ahí hay un límite que conviene reconocer: nadie aprende realmente una lección que no está listo para recibir. Y si tú insistes, aquello que para ti es claridad, para ella puede ser ruido; aquello que para ti es ayuda, para ella puede sentirse como invasión; aquello que para ti es amor, para ella puede vivirse como control.
Y entonces llegamos a la otra mitad de la respuesta.

Sí, puedes inspirar. Sí, puedes influir. Sí, puedes convertirte en una presencia que haga visible una posibilidad. Pero también puedes dejar de querer que los demás hagan algo que sólo sirve para satisfacer tu necesidad de control. Puedes cambiar el contenido de tu deseo. Puedes dejar de decir “quiero que seas como yo creo que debes ser” y empezar a decir “quiero que llegues a ser la mejor versión de ti, aunque esa versión no coincida con la que yo tenía planeada y aunque yo no sienta que he contribuido con ella”.

Esto es más difícil de lo que parece, porque implica renunciar a un poder que, en realidad, nunca tuvimos.



De modo tal que, mi estimado lector semiocurrente, te hago esta propuesta: ¿qué tal si cambias ese “lo que quiero de ti” por algo que permita que cada persona sea quien realmente es?

Porque quizás el verdadero asunto no sea conseguir que tu hijo estudie la carrera que tú consideras correcta, sino que aprenda a elegir con responsabilidad y a hacerse cargo de lo que elige. Quizás no se trate de conseguir que tu pareja ame como tú amas, sino de construir un vínculo donde ambos puedan expresar lo que necesitan sin convertir cada diferencia en una demanda. Quizás no se trate de conseguir que tus amigos, colegas o familiares vean la vida como tú la ves, sino de preguntarte si puedes convivir con ellos sin intentar corregirles el alma cada quince minutos.

Y quizás no se trate de conseguir que todos hagan lo que tú quieres, sino de querer algo más alto, más limpio y más respetuoso para todos: que el otro sea libre, pero responsable. Que sea auténtico, pero consciente. Que sea distinto a ti, pero no indiferente a las consecuencias de sus actos. Que encuentre su camino, pero que sepa mirar por dónde pisa. Que pueda equivocarse sin convertir el error en identidad. Que pueda escuchar sin sentirse sometido. Que pueda cambiar no porque tú lo empujaste, sino porque algo dentro de sí despertó.

La pregunta con la que abrimos esta serie no era retórica, y merece una respuesta honesta: sí, puedes influir en la conducta de los demás, pero no mediante la presión, la amenaza ni el chantaje sentimental, sino a través de la inspiración, que es una de las pocas fuerzas capaces de mover voluntades sin violentarlas. Y sí, también puedes conseguir que los demás hagan lo que tú quieres, siempre y cuando estés dispuesto a cambiar lo que quieres de ellos, a cuestionarte si lo que quieres tiene más que ver con ellos o contigo.

No puedes obligar a nadie a que encuentre su propio camino, pero puedes dejar de estorbar dejando de tratar de imponer el tuyo.

Y, con un poco de fortuna, puedes vivir de tal modo que un día esa persona se acerque, mire tu plato de sopa con apetito y te diga: “¿Me dejas probar un poquito?”


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