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¿Puedo conseguir que hagan lo que quiero? (Parte I)

"¡Recoge tu cuarto!"

Silencio.

"¡Que recojas tu cuarto!"

Más silencio o, en el mejor de los casos, un "ahorita" que, como cualquier persona con entrenamiento especializado en etimologías grecolatinas y procesos de significación sabe, es la forma más educada de decir "ni te ilusiones".

Y ahí estás tú, con toda la razón del mundo, repitiendo la misma indicación por decimoquinta vez, preguntándote en qué momento fallaste como figura de autoridad, como modelo a seguir y, sobre todo, cuando por algún designio divino conseguiste el fin que pretendías, por qué la siguiente ocasión tuviste que volver a insistir.

La vida de los seres humanos, en general, se ve influida en gran medida por lo que las demás personas hacen, y eso es algo que nos sucede a todos.

Gran parte de lo que experimentamos diariamente (sensaciones, emociones y pensamientos) tiene que ver con las acciones de otras personas. A veces el resultado es grato (alegría, satisfacción, placer, ternura y más), pero muchas veces, se inclina más hacia lo negativo (desacuerdos, molestia, desagrado, ira, rencor y lo que se acumule).

Por esa causa, creo, no es raro que más de una ocasión hayamos sentido el deseo de poder controlar el comportamiento de nuestros hijos, pareja, padres, colegas, vecinos y cualquier ser humano que se cruce por nuestro camino, en aras de una sana convivencia. En algunos casos, lo hemos conseguimos, o por lo menos nos quedamos con esa impresión, mediante una mecánica parecida a ésta: 

  1. Observamos una conducta indeseable.
  2. Indicamos a la otra persona lo que debería hacer (o dejar de hacer).
  3. La otra persona modifica su conducta.

Sin embargo, hay dos precisiones que debemos hacer en torno a este proceso:

  1. No siempre funciona.
  2. A veces funciona de manera momentánea (no es sostenible).

Falla de la mecánica

Según lo que he observado, sin que pretenda tratarse de un estudio científico verificable, esta mecánica funciona mejor bajo dos condiciones: 

a)    Cuando el grado de autonomía de la otra persona es bajo, como en el caso de los hijos, que obedecen más mientras menos alternativas propias se les presentan en la mente.

b)    Cuando ostentamos un grado de superioridad explícito frente a la otra persona, como en el caso de un profesor frente a sus alumnos, o de un supervisor frente a sus supervisados.

Sin la existencia de alguna de estas dos condiciones, tu probabilidad de éxito disminuirá sustancialmente o, en el mejor de los casos, requerirá mayor talento por parte tuya.


 

Mencioné anteriormente que el cambio de conducta puede ser momentáneo o permanente, y quiero ejemplificar este punto con una historia que leí hace mucho tiempo, y que utilizo constantemente en mis conferencias, para mostrar la importancia de la voluntad (no la fuerza de voluntad, sino la voluntad, así, solita):

Una ocasión un niño que estaba sentado a la mesa se la pasaba contemplando el plato de sopa, que detestaba, sin saber cómo zafarse de ese tormento. Su padre, hombre firme, bienintencionado, lo observaba, cual guardia a un preso presto a escapar, con los brazos cruzados, mirada dura y postura que evidenciaba que estaba dispuesto a cumplir la amenaza que había lanzado de “no te levantas si no te la acabas” (también pudo haber dicho “si te levantas, no te la acabas”). El niño jugueteaba con la cuchara, indeciso, pues las opciones planteadas eran bastante claras: pasar unos minutos de tortura ingiriendo aquel detestable alimento o desperdiciar ahí sentado horas que podría emplear en algo divertido, como hacer su tarea de matemáticas y estudiar para sus exámenes, sin garantía de que el paso del tiempo lo librara de su condena. Como el tiempo apremiara, y pareciera que su padre esta vez sí estaba dispuesto a cumplir su amenaza, tomó aire y valor, sujetó firmemente la cuchara y la introdujo en la sopa. El padre, al observar esto, con el semblante del gato que se ha comido al canario (no hagas esto en casa; no es bueno alimentar gatos con canarios), pensó que había dado una lección a su hijo y que, a partir de ahora, ya no habría dramas a la hora de la comida. La satisfacción le duró lo que tardó el niño en voltear a verlo y decirle: “puedes obligarme a comer la sopa, pero no puedes obligarme a que me guste”.

¿Este niño modificó su conducta permanentemente? ¿La “lección” dictada por su padre fue un punto que marcó un cambio de perspectiva real o fue meramente una piedra en el camino que el niño espera jamás tener que volver a sortear? 

Algo similar ocurre con los alumnos, los empleados, los cónyuges y cualquier persona que obra en contra de su voluntad, sea por amenazas, chantajes sentimentales o cualquier otra artimaña de ésas que los seres humanos buscamos desesperadamente en redes sociales, videos o pláticas con amigos… O quizás como las que tú esperas encontrar en este artículo.

Eso es actuar en contra de la voluntad propia, y ahí radica justamente el efecto momentáneo del cambio de conducta. Entonces, la diferencia entre un cambio de conducta pasajero y uno a largo plazo está en el grado en el que intervino la voluntad en el proceso, pero no en la tuya, sino en la de aquél que tiene la conducta que tú deseas modificar.

Surge, entonces, una pregunta (bueno, en realidad, son dos, pero la primera me la guardo como retórica, para no atormentarte con eso, y para tener material para algún otro artículo):

¿Podemos manipular la voluntad de otra persona?

Dicho de esa manera, hasta suena algo detestable, ¿no? Sin embargo, es lo que sucede cuando intentamos que otra persona haga lo que queremos: manipular su voluntad.

Iba a responder “afortunadamente”, pero no estoy seguro de que te guste esa perspectiva, de modo que sólo diré que la respuesta directa es un “no” rotundo; no podemos manipular voluntades, porque la voluntad es algo interno, y es responsabilidad exclusiva de su poseedor. Sin embargo, solemos tener la idea de que sí posible (y obramos creyendo que lo es), quizás porque en algún episodio de nuestras vidas hemos creído que nos hemos convertido en mejores personas gracias a la influencia de otra (y queremos jugar ese mismo papel para los demás). Pero, si te pones a analizar detenidamente a alguna de esas personas que cambiaron tu vida y tu situación mental, quizás reconozcas una de dos circunstancias: que ellos no tenían el más mínimo interés en que modificaras tu conducta, como en el caso de esa persona que admiras e influyó tu decisión de estudiar una carrera en particular; o bien, que tu voluntad se resistió mientras no comprendías la exigencia a la que eras sometido.

Sí, lo sé, en este momento estarás pensando en aquella ocasión en la que tu pareja amenazó con dejarte si no cambiabas cierta conducta (como ser infiel, golpearla o alguna otra), y gracias a ello, cambiaste de todo corazón, con tu plena voluntad puesta en tu decisión. Pero yo también he sentido esa repentina creencia de que ejerzo mi voluntad de darle todo mi dinero a una persona que ha puesto una pistola en mi cabeza. 

Obrar bajo amenaza jamás será un buen termómetro del grado en el que hemos cambiado de proceder, porque una vez que la amenaza desaparece, las viejas conductas vuelven a asomarse (si te preguntabas por qué tu pareja te compra flores, te escribe canciones y promete el cielo y las estrellas cuando amenazas con dejarla, aquí está la respuesta… sobre todo, si sueles cumplir tus amenazas).


Pero quiero darte un par de ejemplos de lo que considero que es una mejor forma de acercarnos a conseguir ese objetivo.

Hace años, por esas ironías que tiene la vida, cuando contaba con 28 años de edad, sufrí de hipertensión. Cuando eso sucedió, por supuesto, me alarmé y me propuse hacer todo lo necesario para preservar mi salud (¿recuerdas? Obrar bajo amenaza). Me sometí a una rigurosísima dieta que incluía, sobre todo, vegetales y pescado, sin sal ni grasa, y logré bajar 10 kg en un mes.

Hasta ahí, todo apunta a la vieja fórmula: si no haces esto=te va a pasar esto (tres puntitos en forma de triángulo que no sé cómo poner aquí) cambio de conducta.

Al final, conseguí mi objetivo (por eso puedo escribir este artículo).

Muchos años después, hice una apuesta que consistía en lograr la mejor forma física posible en un tiempo determinado, por lo que volví a someterme a una dieta rigurosa y ejercicio (porque, claro, la amenaza de la hipertensión ya había desaparecido, de modo que ya no necesitaba aquella rigurosísima conducta alimenticia). Conforme pasaba el tiempo, en el trabajo, la gente empezó a notar un cambio físico en mí, y hubo comentarios diversos, desde los que elogiaban mi nueva forma, hasta los que se alarmaban por ella y me imploraban que ya no adelgazara más (algún día hablaremos sobre la gente que cree que tiene el derecho de decirle a otra lo que debería hacer… ah, no es cierto, lo haremos más al ratito o en la continuación de este artículo).

Conseguí también el objetivo que buscaba con mi cambio de actitud, sin embargo, en estos dos episodios hubo una gran diferencia: en el primero, el cambio obedeció a una amenaza (morir por hipertensión), mientras que, en el segundo, obedeció a un premio (ganar la apuesta). De modo que, como el viejo burro, a veces nos ponemos la zanahoria por delante y caminamos para tratar de obtenerla, y a veces corremos para que no nos la ensarten por detrás. Pero, si no hay zanahoria, no hay movimiento.

A pesar de la diferencia que señalo en ambos eventos, en ellos hubo una constante: el cambio de conducta, pero no el mío, sino el de personas cercanas a mí. En le primer caso, noté que mi papá empezaba a comer de forma mucho más saludable a la que habitualmente tenía, y en el segundo, un compañero de trabajo se sometió a algún régimen alimenticio, porque empezó a adelgazar notablemente.

Jamás lo constaté, pero me dio por pensar que a veces la gente se siente tentada a emular lo que otro hace sólo porque se da cuenta de que aquello que secretamente desean es realmente es posible.

Déjame traer los ejemplos a una etapa mucho más cotidiana y cercana a la época actual.

Desde hace varios años asisto al gimnasio (sí, ya sé que no se nota, pero hay que decirlo, por el bien del ejemplo) y, por alguna extraña manía que tengo, cuando voy a utilizar las mancuernas, que están distribuidas en varios racks, antes de comenzar, me aseguro de que estén bien acomodadas. De modo que tomo las de 12 lbs que están donde van las de 18, busco su lugar y las coloco ahí; si el lugar está ocupado, quito las otras mancuernas, pongo las correctas, busco el lugar de éstas otras… y así, hasta que todas las mancuernas que se encuentran en los racks están donde deben estar. 

A partir de acciones como ésta, he observado algo que no pretende ser una ley, que no está documentado, pero he notado con suficiente recurrencia para pensar que hay ahí algo que vale la pena analizar: después de que acomodo las mancuernas, o mientras estoy haciéndolo, todas las personas cercanas que desocupan alguna, van a colocarlas exactamente en el sitio que les corresponde, sin que alguien se los haya pedido. ¿Es esto evidencia de una capacidad para influir en los demás que no sabía que poseo?

Quizás.

Algo similar sucede en esas rarísimas ocasiones en las que alterno aparato con alguien (este… me refiero a aparato de entrenamiento en el gimnasio). Antes de cederlo, limpio con la toallita humedecida el asiento, el respaldo y cualquier parte del aparato con la que haya tenido contacto. Cuando la persona desocupa el aparato, y yo estoy presto a utilizarlo, si no tiene una toallita, va por una, o bien, lo limpia con su mano, con cierto dejo de pena en el rostro.

Yo sé que tú puedes pensar en ejemplos como ése, ya sea de un lado (quien ejecuta) o en el otro (quien emula).

A eso se le llama inspiración (y a lo que limpiamos en los aparatos se le llama transpiración, así que nunca dejes sin limpiar un aparato del gimnasio). 



Yo estoy convencido de que la mayoría de la gente, por naturaleza, quiere hacer lo correcto. El problema es que muchas ocasiones hacer lo correcto no entra en sus opciones mentales, y encuentro dos razones para ello:

  • Otras prioridades sobresalen. Como la prisa, que impide ceder el paso a un automóvil que intenta ingresar al flujo en una bifurcación.
  • Ignorancia. Porque no hemos experimentado lo bien que se siente hacer lo más conveniente para nosotros y para los demás. Me refiero a la paz que se experimenta al saber que nuestro paso por la vida de alguien no generó caos, sino orden.

No vas a creerlo (bueno, sí, porque lo has experimentado), pero cuando observas que alguien hace algo que beneficia a todos, y te das cuenta de lo sencillo que es, surgen unas ganas genuinas de hacerlo.

Y no se trata sólo de suposiciones o intuiciones basadas en el empirismo. Este tema está documentado, y los autores más reconocidos y citados al respecto son Trash y Elliot, que descubrieron, entre muchas otras cosas, que las personas inspiradas tienden a alcanzar metas con mayor autonomía, por el tipo de fuerza que experimentanvv. Al final de este artículo te dejo algunas referencias de sus obras.

Pero quiero preguntarte algo más: ¿alguna vez has visto a una persona disfrutar tanto de lo que hace que piensas “yo quiero hacer eso”?

También es inspiración.

De modo tal que podríamos decir que la voluntad de otras personas no se ve afectada sustancialmente por amenazas, chantajes ni presiones externas. Puede obrarse un cambio, sí, pero difícilmente será uno perdurable, porque la fuerza que lo impulsa es externa. 
En cambio, cuando la fuerza proviene del interior, las conductas son más fácilmente sostenibles, y la mejor forma de intervenir de ese modo en la voluntad de alguien es inspirándolo (este… no me refiero al acto respiratorio, ¿eh? No te vayas a poner a olfatear a las personas).

Pero la pregunta aún no ha sido respondida completamente. ¿Puedo hacer que los demás hagan lo que yo quiero?

Tenemos un camino avanzado, pero no ha concluido. Te invito a que no te pierdas la segunda parte, en Postdata Existencial, porque:

No puedes obligar a nadie a que le guste la sopa, pero puedes disfrutarla tanto tú, que los demás ansíen probarla.


(Espera la segunda parte)


Obras de consulta

  • Thrash, T. M., & Elliot, A. J. (2003). Inspiration as a psychological construct. Journal of Personality and Social Psychology, 84(4), 871–889. https://doi.org/10.1037/0022-3514.84.4.871
  • Thrash, T. M., & Elliot, A. J. (2004). Inspiration: Core characteristics, component processes, antecedents, and function. Journal of Personality and Social Psychology, 87(6), 957–973. https://doi.org/10.1037/0022-3514.87.6.957
  • Thrash, T. M., Moldovan, E. G., Oleynick, V. C., & Maruskin, L. A. (2014). The psychology of inspiration. Social and Personality Psychology Compass, 8(9), 495–510. https://doi.org/10.1111/spc3.12127
  • Ryan, R. M., & Deci, E. L. (2000). Self-determination theory and the facilitation of intrinsic motivation, social development, and well-being. American Psychologist, 55(1), 68–78. https://doi.org/10.1037/0003-066X.55.1.68
  • Elliot, A. J., & Thrash, T. M. (2002). Approach-avoidance motivation in personality. Journal of Personality and Social Psychology, 82(5), 804–818. https://doi.org/10.1037/0022-3514.82.5.804
  • Tannenbaum, M. B., et al. (2015). Appealing to fear: A meta-analysis of fear appeal effectiveness and theories. Psychological Bulletin, 141(6), 1178–1204. https://doi.org/10.1037/a0039729
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