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La amé tanto que, en lugar de flores, le regalaba libros, porque las flores duran unos cuantos días, pero un buen libro es para toda la vida.



Ésta es una de esas frases que circulan por las redes haciendo alarda de inteligencia y lucidez, como si su autor hubiera descubierto una forma superior del amor. Se le atribuye a un tal Albert Einstein, no sé si de manera acertada, aunque intuyo que no. Sabemos, eso sí, que si una frase suena suficientemente ingeniosa, alguien termina endilgándosela a Einstein, a Borges, a Wilde, a Lennon o a cualquier otro personaje cuya autoridad moral invite a aceptarla sin mayor cuestionamiento.

La frase, por supuesto, parece hermosa. Habla de regalar, de amar de una forma verdadera y, sobre todo, tiene esa ligera sensación de superioridad moral que tanto nos gusta adoptar como epifanía para presumir ante los menos cultos. No es lo mismo decir "te traje flores" que decir "te traje un libro, porque mi amor no se marchita en tres días". Suena elevado, eterno, y la eternidad es algo que mucha gente pretende, sobre todo en el amor.

Pero, espera. Ahora lee esta otra frase:

La amé tanto que, en lugar de libros, le regalaba piedras, porque las piedras duran más que los libros, sin importar qué tan buenos sean.

¿Qué opinas?

Quizás, después de todo, la duración no sea el criterio más inteligente para medir el valor de un regalo. Y ésa, por cierto, me parece una razón suficiente para dudar de que la mente más brillante del siglo pasado hubiera concebido una idea tan absurda (sobre todo, sabiendo que todo es relativo).

Las flores no se regalan porque duren, sino porque, cuando han sido elegidas para alguien que las desea, cumplen una función simbólica que no necesita permanencia: dicen, sin ponerse demasiado solemnes, "hoy pensé en ti, y quería que lo supieras". Su valor no está en ser perennes, sino en simplemente ser, como una pequeña fiesta que de antemano está condenada a terminar, pero no por ello es menos disfrutable. Y hay, además, una satisfacción particular en la grata sorpresa cuando duran más de lo esperado.

A veces despreciamos lo efímero porque nos da miedo aceptar que casi todo lo que amamos tiene esa naturaleza. Queremos que las cosas duren (los objetos, las circunstancias, las relaciones interpersonales), como si durar más fuera sinónimo de mayor importancia. Pero hay abrazos que duraron apenas unos segundos y, aun al paso de los años, siguen resonando con muchísima intensidad. Hay también flores que se marchitaron sobre una mesa y, aun así, se dejan ir con muchísimo amor, porque plasmaron en la memoria de alguien la certeza de haber sido tomado en cuenta. Por el contrario, hay libros que pasan décadas en un cajón sin haber sido abiertos y sin haber significado absolutamente nada para quien los recibió. 


La duración, entonces, no garantiza sentido, aunque quien dio el regalo quiera creer que sí.


 

¿Será que regalar un libro es, de verdad, un regalo para la otra persona? ¿O puede ser, más bien, un regalo para el propio ego y la necesidad de sentir que le importaremos a alguien toda la vida?

Pero no me malinterpretes, mi estimado semilector; no se trata de despreciar los libros. Un libro puede ser uno de los regalos más poderosos que alguien puede recibir, pero, si lo es, no es por su duración, sino por lo que aporta a la vida del otro. Hay libros que nos encuentran en un momento exacto de la vida y nos dicen aquello que no sabíamos formular, o que necesitábamos escuchar. Un libro bien elegido puede ser una forma muy fina de amor, porque implica atención, memoria, escucha y una puntería afectiva considerable.

Pero no todos desean un libro.

El problema empieza cuando alguien regala uno sin tomar en cuenta a quien lo recibirá, sino pensando exclusivamente en lo que quiere proyectar de sí mismo. En ese caso, el regalo deja de ser un puente afectivo y se convierte en un escaparate personal: ya no estoy pensando en ti, sino en lo bien que luce ser alguien que no regala flores sino libros.


¿Por qué habría de regalarle a alguien algo que a mí me parece superior, en lugar de averiguar qué le alegra, qué le conmueve, qué necesita o qué desea?


Regalar no debería consistir en depositar en otras manos una extensión del propio ego, para que vean lo profundo que soy o lo elevada que es mi manera de querer. En cambio, tendría que ser un modo de decir: "te he mirado lo suficiente como para no confundirte conmigo".

Y ahí es donde muchas frases bonitas empiezan a revelar su trampa. "Yo regalo libros en vez de flores" puede sonar a declaración de amor intelectual, pero también puede esconder una incapacidad para salir de uno mismo. Tal vez lo que el otro realmente desea es una cena tranquila, una tarde sin prisa o una carta escrita con torpeza, pero cargada de honestidad.

Cuando estrené casa, mi mejor amigo fue a visitarme con su esposa y su hijo. Antes de hacerlo, amenazó con llevar algo de regalo. Le pedí que no lo hiciera, porque yo quería tener control de todo lo que entrara en mi casa. Me ignoró, y llegó con un juego de vasos que nunca he usado, porque ya tengo mi vaso favorito y no necesito los que él trajo. Sus intenciones, por supuesto, eran buenas: las de darme algo de valor. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿me hizo un regalo a mí, o se lo hizo a su necesidad de sentir que estaba haciendo algo por mí?

Hay personas que no regalan para el otro, sino para confirmar su propia identidad. El culto regala libros, el práctico regala herramientas, el romántico regala flores, el espiritual regala cuarzos, el intenso regala cartas de seis páginas que abruman a quien tiene que leerlas para no quedar como malagradecido. En todos los casos, el regalo puede fracasar si no nace de una pregunta sencilla: ¿quién eres tú, además de lo que yo imagino que deberías ser?



No hay regalo más torpe que aquél que obliga al otro a agradecer una imposición. Imagina esta escena (o mejor, recuérdala, porque estoy seguro de que la has vivido): alguien recibe algo que no pidió, que no desea y que no utilizará, pero debe sonreír porque el regalo viene socialmente blindado por la intención. Entonces agradece el libro que no leerá, las flores que detesta, el perfume que le marea o la pulsera que jamás se pondrá, mientras la otra persona queda satisfecha porque siente que aportó algo a tu vida.

Por eso, habría que desconfiar, por lo menos un poco, de las frases que jerarquizan los regalos, como si existiera una escala universal del afecto. No la hay. A una persona puede conmoverla profundamente una flor cortada del camino; a otra, un libro subrayado; a otra, una piedra recogida en una playa. Pero en ningún caso es por su duración, sino porque alguien recordó —o intuyó— que ese objeto tendría un significado particular para esa persona, en ese momento.

El sentido no está en el objeto, sino en la mirada que lo eligió. Y eso, aunque parezca menos vistoso que citar (erróneamente o no) a Einstein, tiene mucha más inteligencia emocional.

No regales libros porque duren más que las flores; regálalos si pueden decirle algo a esa persona en este momento de su vida. Y si no, regala lo que la otra persona requiere de ti: tu presencia, si has estado cerca pero ausente; tiempo, si lo que escasea es la atención; libertad, si tu amor ha pugnado, aunque sea sin darte cuenta, por controlar al otro.

Porque el mejor regalo no es el que dura más, sino el que demuestra a la otra persona que realmente existe en tu universo.


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