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Ser feliz o tener la razon

Gran dilema, ya que muchas veces, con el enojo a flor de piel, se quiere tener la razón —la tenga uno o no—, porque no pasamos por el razonamiento: nos saltamos este paso, no pensamos, reaccionamos.


Para empezar, el mismo enojo nos hace daño a nosotros mismos, a nuestro cuerpo, empezando por el estómago: segregamos ácidos que van dañando sus paredes y, con el tiempo, surgen úlceras que pueden derivar desde una gastritis hasta un cáncer. Las extremidades se tensan, puede doler la cabeza, tal vez mareos. Sufrimos una serie de anomalías en el cuerpo que ya casi no percibimos, hasta que de un momento a otro puede darse una embolia, así, "de la nada". Son muchas las enfermedades que se van arrastrando por el simple hecho de querer tener la razón, sí o sí.



Por otro lado, está la parte emocional: si quieres tener forzosamente la razón frente a un ser querido, puedes herir sus sentimientos, porque no escuchas a la contraparte; de tajo… se quiere tener la razón. No contemplas que puedes estar equivocado, o que no estás viendo algo que la otra persona quizá sí ve, pero como "uno tiene la razón", no volteas a ver al otro.

Ahora bien, si es con un desconocido con quien se discute, hasta la pistola te puede sacar —hay mucha violencia en el mundo—. O, ¿qué tal si eres tú quien da un mal golpe y la otra persona cae y muere?, como sucedió con un artista mexicano. Son muchas las cosas negativas que pueden pasar por querer tener la razón.



¿Has analizado todo lo que puedes provocarte —y provocar— por defender "tu propia razón"? Y fíjate que tal vez sí la tienes. ¿Te has puesto a pensar en el desgaste que te provocas por defender tu verdad?

Dice la Semiología de la Vida Cotidiana® que, si no hay oposición, no hay conflicto.

Luego entonces, ¿para qué entrar en conflicto, tengas o no tengas la razón? Mejor sería fluir por la vida y no cargar con eso de ser perfectos y solo tener la razón, que tal vez no sea más que una manera de validarnos dándonos la importancia que el otro no nos da.



Hay que empezarnos a cuidar, y una manera de hacerlo es no defender nuestra verdad a capa y espada: para no lastimarnos y, por ende, no lastimar a nuestros seres queridos. Aunque no los conozcas, vale más tu armonía, tu paz interna, que todas las consecuencias negativas —ya sean físicas o emocionales— que se viven por querernos salir con la nuestra.

Si en lugar de reaccionar ante el estímulo pasáramos primero por el razonamiento, creo que se evitarían muchos conflictos. Mejor seamos felices; no importa que el de enfrente tenga o no la razón, lo que importa es vivir sin tantos problemas, que para eso se encarga el principio de realidad.


Y no es que yo quiera tener la razón… solo tú lo decides. ¡Tan, tan!

¡Tan, taan!

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