¡Bienvenidos de nuevo!
En el episodio anterior lanzamos una pregunta al aire: "¿Para qué sirve ir a la escuela?". Y la realidad que vemos es preocupante: miles de niños y jóvenes van a clases por inercia, por obligación o porque "no les queda de otra".
Para muchos, la escuela no es una oportunidad, es una carga. Y claro, con esa mentalidad, ¿cómo esperamos que tengan una buena actitud ante sus maestros o sus estudios? Pero hoy quiero que vayamos más profundo: vamos a analizar qué hay detrás de esa actitud.
Veamos El ADN de nuestra actitud
Según el modelo de Semiología de la Vida Cotidiana®, del Dr. Alfonso Ruiz Soto®, la actitud no es "portarse bien". Es nuestra predisposición perceptual, y se alimenta de tres raíces: lo que creemos, lo que pensamos y lo que valoramos.
Si echamos un vistazo a la "psicología del estudiante promedio", nos topamos con un panorama difícil:
- Creencias: "La escuela no sirve", "mis papás exageran", "es una pérdida de tiempo".
- Valores: Muchos valoran más el "pasarla bien" hoy, que el beneficio de mañana. Ven ejemplos de gente que hace dinero fácil sin estudiar o profesionales con títulos guardados que ganan poco, y concluyen: "ir a la escuela no vale la pena".
- Pensamientos: Como resultado, el chip mental cambia a modo supervivencia: "¿Cómo le hago para pasar de año para que no me molesten en mi casa?", "si puedo, me salto la clase", "ya veré qué hago cuando salga".
Pero con esta actitud, ¿qué factura estamos pagando?
Esta actitud tiene consecuencias reales que vemos todos los días en México y Latinoamérica:
- Deserción y mediocridad: Índices de abandono altísimos y un nivel académico que, para ser honestos, a veces da pena.
- El autoengaño de las huelgas: Planteles que cierran por cualquier pretexto. Creen que castigan al sistema, pero en realidad se están castigando a sí mismos perdiendo su tiempo.
- Baja competitividad: Al final del día, el activo más grande de un país es su gente preparada. Si no hay preparación, no hay productividad. Y si no somos productivos, nos quedamos atrás en el mundo.
Si hablamos de competitividad veamos ¿Qué está pasando en el resto del mundo?
Esta actitud tiene consecuencias reales que vemos todos los días en México y Latinoamérica:
- Deserción y mediocridad: Índices de abandono altísimos y un nivel académico que, para ser honestos, a veces da pena.
- El autoengaño de las huelgas: Planteles que cierran por cualquier pretexto. Creen que castigan al sistema, pero en realidad se están castigando a sí mismos perdiendo su tiempo.
- Baja competitividad: Al final del día, el activo más grande de un país es su gente preparada. Si no hay preparación, no hay productividad. Y si no somos productivos, nos quedamos atrás en el mundo.
Si hablamos de competitividad veamos ¿Qué está pasando en el resto del mundo?
Miren algunos ejemplos de éxito:
- Finlandia: Allí, ser maestro es tan prestigioso como ser médico. No es la tecnología, es la calidad humana y el respeto al docente.
- Singapur: No tenían recursos naturales, así que decidieron "pulir" a su gente. Se volvieron bilingües y premiaron el mérito por encima de todo.
- Corea del Sur: Tienen una presión social impresionante por aprender. Las familias invierten todo en la educación de sus hijos porque saben que es el único motor de crecimiento.
- China e India: Se convirtieron en los "ingenieros del mundo". Mientras nosotros descansamos, ellos estudian inglés y matemáticas para competir globalmente.
¿Qué ganaron estos países? No solo dinero. Ganaron estabilidad social, mejor calidad de vida, mayor capacidad para resolver problemas complejos y, sobre todo, la seguridad de que están preparados para un futuro incierto.
Mientras ellos comprenden cómo funciona el mundo para aprovecharlo, los países que no apuestan por la educación se quedan estancados, tratando de sobrevivir entre carencias e inestabilidad.
Entonces, la pregunta para ti que me escuchas es: ¿Cómo cambiamos este chip?
No podemos sentarnos a esperar que los gobiernos o el sistema cambien las reglas del juego. El cambio real tiene que venir "de abajo hacia arriba". Necesitamos una cultura que no solo acepte la educación, sino que la exija y la valore como la herramienta de libertad más poderosa que existe.
¿Y tú? ¿Qué creencia vas a cambiar hoy sobre tu propia preparación?
