Dentro del cuerpo que habito está codificado el mapa que necesito para navegar el misterio de la vida y de la muerte.
Cada persona posee un mapa distinto, porque cada conciencia encarnada recorre una experiencia que es una singularidad. Aunque en el exterior existen maestros, doctrinas y filosofías que pueden ofrecer orientación, el mapa auténtico siempre es interno, único e individual.
Una religión o una corriente de pensamiento pueden ayudarme a reconocer mi propio mapa; sin embargo, la utilidad de estos dependerá de mi capacidad para advertir cuándo mi camino comienza a confundirse en favor de un mapa externo que no me pertenece. La verdad interna radica en conservar la conciencia de mi propia singularidad.
Así que no me es posible decirte cómo encontrar o navegar tu propio mapa, pero puedo mostrarte cómo funciona el mío.
En mi mapa aquello que me produce dolor persistente, saturación o incomodidad sostenida suele indicar que algo no está en coherencia con mi camino, incluso cuando se trata de seguir una filosofía en específico. El maestro aparece cuando estoy preparada para resonar con su camino, pero también debe retirarse cuando su enseñanza me aleja de mi propio mapa.
Mi mapa contiene mi trayecto, y aunque este se recorre en soledad, muchos caminos comparten tramos comunes; en esos puntos coincidimos y nos acompañamos. No obstante, es importante comprender que el mapa jamás revela el misterio. El misterio permanece en su naturaleza insondable, mientras que el mapa únicamente me permite orientarme.
Por ello, no debo confundir el misterio con el mapa. Mientras avanzo, necesito soltar la exigencia de certeza absoluta, ya que el misterio no se explica racionalmente: se experimenta. No se manifiesta en palabras, sino en señales que emergen a lo largo del recorrido.
El mapa habita en el cuerpo, pues la conciencia misma forma parte del misterio. Se expresa como resonancia o disonancia, como una respuesta eléctrica que atraviesa la piel, los huesos y las emociones. Cuando surge una sensación de densidad ante una experiencia, no necesariamente debo huir; por el contrario, conviene aproximarme con curiosidad, ya que esa disonancia me muestra al observarla como la ruta se ajusta por sí misma, casi nunca es necesaria mi intervención.
Si ignoro reiteradamente estas señales, la densidad tiende a intensificarse hasta convertirse en una experiencia más dolorosa. En cambio, cuando me detengo a comprenderla el camino nuevamente se rebela.
Así, el mapa no elimina el misterio, pero me permite transitarlo con mayor conciencia. Y mientras avanzo, recuerdo siempre que el misterio sigue siendo misterio y el mapa solo lo navega con mayor claridad.