Conocerse uno mismo: qué significa

¿Quién decide en tu vida? : La influencia de tu inconsciente

Priorizando lo que realmente importa

El miedo dentro de la caja

Las falsas pertenencias: sólo alguien te pertenece: tú (y eso, quizás)

El mejor maestro vive en ti

Ver de verdad: un gesto radical en tiempos de prisa

Hace algún tiempo asistí a una fiesta.

Me asignaron una mesa justo al lado de la entrada principal, así que me convertí —sin quererlo— en espectadora privilegiada de la llegada de cada invitado.

Disfrutaba viendo a los adolescentes riendo, a los jóvenes luciendo sus mejores atuendos, y a los adultos también, arreglados con esmero, como si el momento mereciera su mejor versión. Pero mientras los observaba, con toda la discreción que me fue posible, algo me llamó poderosamente la atención:

Qué incómodo puede resultar ser mirado.

En nuestra cultura, sobre todo en la mexicana, una mirada sostenida puede fácilmente malinterpretarse.

—"¿Y tú qué me ves?"
—"¿Te caigo mal o qué?"
—"Te voy a dar para que me veas".


Y de una simple mirada... pueden surgir palabras, tensiones, conflictos.

Pero lo más profundo de esta observación no fue la reacción ajena, sino la pregunta que surgió dentro de mí: ¿Por qué incomoda tanto la mirada? Y más aún: ¿Por qué estamos tan poco acostumbrados a ser vistos?

La mirada que más nos cuesta es la propia; no fuimos educados para mirar hacia dentro; nos enseñaron a cumplir, a aparentar, a agradar… pero no a conocernos. No a vernos en nuestras emociones, en nuestros deseos, en nuestras heridas. Y sin esa mirada interior, nos perdemos de nosotros mismos.

Sin ella, es imposible el autoconocimiento. Y sin autoconocimiento, no hay autoempatía, ni autorregulación, ni posibilidad real de construir una vida con sentido.

¿Y la mirada hacia los otros?

Hace poco, una consultante me contaba algo que me dejó pensando durante días:

—"Nunca conocí a mi vecina de al lado… hasta que salió gritando un día a la calle".

Su hija estaba convulsionando. Llevaba tiempo luchando contra el cáncer y ese día necesitaban ayuda urgente.

Mi consultante salió, llamó a emergencias, hizo todo lo que pudo, pero se quedó con la sensación de todo lo que habría podido hacer antes... si tan solo hubiera visto.

Y no la juzgo. A todos nos pasa.

Nos movemos entre las prisas y las pantallas. Vamos por la vida esquivando miradas. Sin ver. Sin dejarnos ver.

El miedo a ser vistos

Abrirse a la mirada ajena puede ser incómodo. Puede hacernos sentir expuestos, vulnerables, hasta inseguros. Pero también puede abrir la puerta a algo profundamente humano: la posibilidad de ser reconocidos, comprendidos, sostenidos.

Cuando alguien te mira con presencia y sin juicio, ocurre algo que solo puede llamarse magia. Y cuando tú te dejas ver, no sólo desde lo superficial, sino desde tu humanidad más profunda, creas el terreno para que surjan vínculos verdaderos. Vínculos que no se quedan en el “hola” cotidiano, sino que tocan el alma.


Ver y dejarnos ver no debería ser un lujo, ni un riesgo.

Debería ser un puente que nos conecta con nosotros mismos y con los demás desde lo esencial.

Porque sólo cuando alguien nos mira de verdad, sin juicio y con presencia, algo dentro de nosotros se reconoce, se aquieta… y se dignifica.

Yo soy Karolina Kasas, y te invito a volver a la mirada, esa que no pasa de largo, que no esquiva, que no etiqueta.
Esa mirada que toca lo invisible y transforma lo cotidiano en un encuentro.


  • Visto: 246

Artículos populares