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🐾 El lenguaje secreto de la vida (y de los gatos)

El primer gato en mi vida llegó cuando iba en la preparatoria.

Después de muchos años, siempre quise volver a tener uno… pero el señor que elegí para papá de mi hijo no era precisamente team gato.

Cuando le preguntabas por qué, decía algo así como:

—Me dan miedo. Los gatos son traicioneros.

Y claro, uno crece escuchando esas frases, sin preguntarse de dónde vienen ni si son o no verdad. Pero bueno, esa es otra historia. Hoy quiero concentrarme en el día que, por fin, tuve a mi gato.

Después de casi dos décadas de matrimonio, y de repetir una y otra vez que quería tener un gato, la vida decidió intervenir de una manera… poco convencional: una víbora apareció en nuestra casa.

Sí, leíste bien: una víbora.

Hermosa, enorme, y, por supuesto, motivo suficiente para que llegara Protección Civil y toda una historia detrás.


Y entre el susto y la reflexión, encontré mi argumento perfecto:

“Las víboras comen ratones, los ratones huyen de los gatos… necesitamos un gato”.

Así fue como, con lógica ecológica y algo de insistencia emocional, logré convencer al papá de mi hijo.

Después de todo, adoptar una mascota es un compromiso a largo plazo, y no se toma a la ligera: todos en casa debíamos estar de acuerdo.

Pero finalmente, el 1 de enero —porque claro, nada como empezar el año cumpliendo un anhelo— llegó nuestro gatito gris. Mi hijo estaba fascinado. Lo quería en su cuarto, en su cama, en su vida.

Esa noche hicimos la rutina habitual: cuento, bendición, oración de gratitud… y apagué la luz.

A los pocos minutos escuché un grito desgarrador:

 “¡Mamáaaaaa! ¡El gato hace ruidos raros! ¡Se va a morir!”

Corrí escaleras arriba con el corazón acelerado, imaginando mil tragedias felinas.

Entré al cuarto… y ahí estaban: mi hijo, pálido y aterrado, y el gato, acurrucado, ronroneando feliz.

Sí. El gato no se moría. Estaba declarando su amor.

Después de contener la risa (y la adrenalina), le expliqué que ese sonido era la manera en que los gatos dicen: “Te amo”, “Estoy feliz aquí”, “Gracias por lo que haces.”

Y fue inevitable la reflexión:

Mi hijo había interpretado una señal desde el miedo, simplemente porque no conocía el código. Para él, ese ruido era amenaza; para el gato, era gratitud. Así de sencillo, y así de profundo.

Si no conocemos los códigos, interpretamos la vida de forma errónea.

Pasa con los adolescentes —cuando creemos que se rebelan, pero en realidad están buscando identidad. Pasa en las parejas —cuando confundimos silencio con desamor. Y pasa con nosotros mismos, cuando creemos que “todo va mal”, pero simplemente no estamos sabiendo leer los signos.

La Semiología de la Vida Cotidiana ® justamente nos enseña eso: a comprender los signos y códigos que estructuran la realidad. Porque no es lo que te sucede lo que determina tu experiencia, sino lo que haces con lo que te sucede.


Así que, si hoy sientes que algo “no encaja”, que “algo se rompió” o que “todo está saliendo mal”, quizá solo estás escuchando un ronroneo de la vida y creyendo que es una despedida.

Tómate un respiro, observa con distancia y pregúntate: ¿Qué me está queriendo decir la vida que aún no sé leer?

Y si sientes que te cuesta descifrarlo, una consulta de Semiología de la Vida Cotidiana puede ayudarte a traducir esos signos, para que encuentres claridad, paz y dirección.

Porque la vida, como los gatos, no siempre avisa con palabras… a veces sólo ronronea. 🐱✨

Yo soy Karolina Kasas y deseo que aprendas a leer los signos de tu propia historia, para descubrir que, incluso en medio del ruido, la vida siempre te estará hablando. 🌿


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