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Soledad en compañía

Hace unos días estaba sola en casa y sentí el antojo claro y nítido,   de comer fuera. Hice una pausa, cerré los ojos y le pregunté a mi cuerpo: “¿qué quieres comer hoy?”.

La respuesta fue inmediata: un buen trozo de carne.

Así que me alisté, me arreglé como si tuviera una cita especial —y sí que la tenía—, y me dirigí a uno de mis restaurantes favoritos: una parrilla uruguaya. Fui sola, pero con una emoción muy parecida a la de ir a encontrarme con alguien que quiero.

Al llegar, la recepcionista me recibió con amabilidad y me preguntó: ¿para cuántas personas es tu mesa?  al responderle  que era "mesa para uno", su cara cambió. Se le notaba sorprendida, casi incómoda. Me acompañó, entonces, hasta la mesa más lejana, en una esquina del restaurante. Tal vez creyó que prefería esconderme o que me daba pena.


Le pedí con calma y una sonrisa que me cambiara de lugar. Quería una mesa iluminada al centro. Quería verme y ser vista, ocupar mi lugar en el espacio como cualquier otra persona. Accedió, y ahí me instalé: con gusto, con tiempo, conmigo.


Pasaron varios minutos y nadie venía a tomar mi orden. Tuve que llamar al capitán de meseros, y entonces, llegó uno, un poco apenado.

 —Perdone, señora, es que pensamos que estaba esperando a alguien —me dijo.

 —No, gracias. El servicio es para mí —respondí tranquila.

Ordené mi vino y un buen trozo grueso de carne. El mesero me sugirió algo "más pequeño", ya que los cortes eran grandes y usualmente para compartir. Le dije que eso era justo lo que quería: compartir conmigo. Me explicó que iba a tardar más por la cocción, y me trató de convencer, nuevamente, de cambiar mi elección.

 —No hay prisa —le aseguré con toda la calma de quien está en una cita disfrutando la tarde.

Y así fue. Me trajeron un corte delicioso, con ensalada, y lo disfruté de principio a fin. Comí con gusto, sabiendo que no acabaría todo, pero me podría llevar el resto a casa. Cuando pedí el postre, el mesero nuevamente pareció sorprendido:

 —¿También postre?

 —Sí —sonreí.

Y mientras lo esperaba, me observé. Y observé también a los demás.

No hice nada distinto a lo que haría si estuviera acompañada de otras personas. Pedí lo que quería, brindé con mi copa de vino... disfruté el momento. Y no, no me sentía sola. Me sentía acompañada de mí.

Y me di cuenta de cuánto nos cuesta mirar esta dinámica en los otros. Cuando vemos a alguien solo en un restaurante, en el cine, en un parque… ¿qué pensamos? ¿Que está triste? ¿Que le falta algo? ¿O alguien?

¿Realmente creemos que la soledad es desolación?

Yo creo que hay muchas soledades que se viven en compañía, y muchas compañías que no logran acompañar.

Y también creo que existe algo bellísimo: la plenitud en soledad.

Ojalá puedas darte esos espacios contigo. Que puedas verte, escucharte y sentirte. Que puedas gozar de tu propia presencia sin prisa, sin juicio y sin necesidad de esconderte en una esquina del restaurante.

Yo soy Karolina Kasas, y deseo de todo corazón que construyas una plenitud que nazca desde dentro, desde ese centro sagrado donde habita tu conciencia y donde, en realidad, solo tú puedes entrar.

Porque, si lo piensas bien…

La única compañía que ha estado contigo desde el primer aliento, y que estará contigo hasta el último, eres tú.

Y eso... es un milagro cotidiano.

Me fui a comer sola.

Y volví llena.

De mí, de calma y de ganas de seguir construyendo esta vida, donde puedo elegirme también, cuando nadie más lo hace.

Ojalá tú también te elijas. Te habites.

Y encuentres en tu presencia el lugar más seguro... para volver siempre.

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