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Acuéstate conmigo

Acuéstate conmigo

Bienvenido a octubre, querida entidad. Me imagino que esperas que te cuente una historia que te provoque algo de miedo.Bien, permíteme primero hacerte una advertencia: dentro de todas las historias de terror, quizá los monstruos, las brujas y los fantasmas no son lo que más debería asustarte. Al menos no tanto como saber que tú eres el protagonista de esta historia.

Mírame. En mis ojos podrás ver todas tus muertes: las de tus seres queridos, las de todas tus edades que han quedado atrás, las de tus infinitas identidades diluidas en el tiempo. Ya no eres nada de lo que has sido, y al mismo tiempo, por lo que has sido eres.

Yo soy la muerte encarnada y he venido a llevarte. Acuéstate conmigo: soy la tan temida parca, la mujer esqueleto en los relatos de los pescadores. No temas. Acomódate aquí cerquita a mi lado y deja que te cuente tu historia.

¿Prefieres escuchar sentado? Lo respeto. Cuando naciste no recordabas ninguna vida. Yo te borro para que puedas escribir una nueva historia. Te entrego tu cuaderno limpiecito. Supongo que la primera muerte es haberte hecho creer que eras nuevo y que nunca habías sido nadie más que ese bebé que yace ahora mismo en su cunita.

Es que me gusta que te olvides para que te vayas acordando, para que digas: “!Ay, un déjà vu” cuando te dejo acceder a tus memorias. Es un juego, y aunque a algunos no les guste, yo los invito a disfrutarlo conmigo. Mientras vas creciendo, recreas lo que ya conoces tan bien: esos sucesos que tanto te dolieron cuando apenas habías escrito un par de párrafos que parecían más obligados que tuyos. Eres tan indefenso así de pequeño. Y luego creces y crees que tienes que arreglar lo que entonces parecía descompuesto.

«¿Por qué no me ven?», te dices. «Mírame, papá, aquí estoy. Pasa más tiempo conmigo. Mírame, maestra, yo sé la respuesta. Mírame, amor mío, que tengo mucho miedo de mirarme yo. Me da miedo leer lo que escribo y darme cuenta de que estoy creando esta vida de la que tanto me quejo”.

Piensas que aún eres pequeño (a) y te sientes como cuando los demás escribían en tu cuaderno sin permiso. Pero un buen día decido que es hora de que ese personaje tuyo muera. Ya no me gusta verlo llorar todas las noches. Primero doy muerte a tus verdugos al expulsarlos de tu vida. El impacto de su daño no se borra con esa acción, pero así, te obligo a mirar en tu cuaderno. Despacio me acerco a tu oído para que distingas mi susurro. Te digo: «Anda, mira lo que escribes ahora mismo. Mira lo que estás pensando mientras lloras porque nadie te mira, nadie te ama, nadie te respeta, no tienes lo que te gusta, no tienes lo que quieres porque otros te lo impiden. ¿Qué vas a hacer entonces…? Quizá, aún llorando, decidas permitirte una que otra aventura, una nueva clase de tango, un trabajo que finalmente te gusta, un encuentro con un desconocido. Parece ser que comienzas a disfrutarlo, a bailar al ritmo de la vida. Quizá el personaje de la víctima ya no te satisface tanto. Anda, entrégalo. Deja que me lo lleve conmigo a jugar con los otros personajes de víctima que habitan el purgatorio».

Cuando estás a punto de entregarte al baile te surge una pregunta, “Si te entrego el personaje, te estoy entregando sus pensamientos. Y si hago eso, ¿quién soy ahora?”. Qué sé yo quién eres. Yo no escribo en tu cuaderno, solo vengo a quitarte lo que no es tuyo. Entonces me preguntas si eres lo que sientes o lo que piensas, y yo me río. Sigue bailando, te digo. Quizá mientras bailas puedas escribir una nueva historia que responda tus preguntas.
Y ahora que entregaste al personaje, decides inventarte otro. Este es más ameno y divertido, pero sigue estando muerto. Cada personaje que te inventas está hecho de las memorias a las que se aferra. Mira a los ojos de todos los que amas: fantasmas, muertos vivientes que se aferran a sus historias. Se niegan entregarlas por miedo a que nada quede cuando reconozcan que todo es evanescente.

“No entiendo nada”, me dices. Te rindes, te tiras en el pastizal boca arriba y juntos vemos las estrellas. “Qué bonitas luces”. “Fantasmas”, te digo, y haces una mueca. “La luz que vemos viene del pasado; ha llegado a nosotros años después”. “Entonces nada importa”, me dices. “Todo está muerto y todos son fantasmas”. Me da ternura tu impotencia. Te respondo que los fantasmas también sienten.

«¿Entonces suelto o no los personajes?», preguntas ya inquieto. «Depende», te respondo. «¿De qué?». «De si quieres o no soltarlos». «¿Y las memorias?». «Lo mismo». «¿Lo mismo qué?», te enojas. «De si quieres o no alimentarlas». «¿Entonces cuál es el punto?». «No existe un punto, existen decisiones. Tú decides lo que quieres que importe y lo que no, lo que quieres recordar y lo que vas olvidando, qué personaje quieres vivir y a cuál permites morir. Sin embargo, no eres ningún personaje».

«Quizá lo que quiero es un permiso para existir en medio de toda esta incertidumbre», me dices. «¿No quieren los fantasmas que les aseguren que están vivos para poder entregarse a la existencia? Quizá soy ese que ya murió recorriendo la vida que creo que tuve. Quiero tener derecho a apropiarme de este pensamiento que expreso y ahora mismo ya se fue. Otra palabra, otra palabra igual de fantasmagórica que yo».

Me miras directo a mis cuencos de calavera buscando una respuesta. Yo, que solo quiero acariciarte sin hablar, me compadezco y te respondo: “Pero ¿quién va a darte ese permiso? ¿Quién ha de asegurarte: «¡Ey! Estás vivo. Existe, anda, ve, haz lo que quieras»? ¿Quieres que el doctor te diga que tienes derecho a existir porque te late el corazón? ¿O que otro personaje místico te diga que eres Dios encarnado y ahora ya puedes crear lo que decidas? No hay respuesta ni autoridad que no sea la tuya. Incluso sin saber quién eres, solo tú puedes concederte el derecho a existir”.

Ya estás muerto. Moriste en el mismo instante en que naciste. Entonces, ¿qué esperas para vestirte de negro y asistir a tu propio funeral? Mira ahí: ha muerto el que pensaba que sería joven eternamente. Préndele una veladora. Mira ahora: ha muerto la vista de águila que solía acompañarte. Ponte unos lentes y rézale una plegaria. Mira: murió tu inocencia, pero nació tu claridad y, con ella, la calma…”

«Ya sé qué quiero», me interrumpes de repente. «Que me des un beso».

«¿Un beso?», te digo. Me acerco a tu boca, te robo el aliento y, mientras te beso los labios muertos, te llevo conmigo.

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3 comentarios

Johan 9 de octubre de 2026
Valoración: 8/10
¡Muy bien!
Eustoquio 9 de octubre de 2026
Valoración: 10/10
Buenos días
Súper!,
Hay un texto qué se lee así: "Quizá lo que quiero..."
Y en la narración se escucha: "Quizá lo que necesito..." Quizá fue a propósito.

Y la verdad qué me gustó muchísimo esta narración, ¡Muchas Felicidades! 👏🏼👏🏼👏🏼
Verónica Hernández Landero 9 de octubre de 2026
Valoración: 10/10
Me encantó la narración, súper profunda y reflexiva. Lecturas infinitas. Mucho éxito.

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