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El laboratorio secreto

El laboratorio secreto

¿Te has preguntado por qué tantas mujeres estamos empeñadas en ser buenas? Y entre más tratamos de ser buenas, más terminamos siendo llamadas malas.


De niñas aprendemos todo lo que significa ser buenas y, sobre todo, todo lo que una buena niña no hace. Aún puedo escuchar, como si fuera ayer, las frases con las que mis padres buscaban educarme dentro de esas dos categorías:

Vanessa, las niñas no brincan así.

Vany, bájate de ese árbol. Traes vestido, estás enseñando todo.

No puedes tirarte encima de todos los niños para agarrar los dulces de la piñata. Tienes que darte tu lugar.

Con el tiempo las frases fueron cambiando de forma, pero no de fondo. Al crecer me encontré con nuevas prohibiciones que ahora hablaban del deseo y la sexualidad.

Vanessa, las buenas mujeres saben darse desear.

No debes mostrar tan abiertamente tu interés en los hombres tan abiertamente. Date a deseo y olerás a poleo.

Nena, si no llegas virgen al matrimonio, nadie te va a respetar. Ningún hombre va a tomarte en serio.

Yo quería que me tomaran en serio, quería tener oportunidades en mi vida y aquellas enseñanzas me hacían creer que la única manera de conseguirlo era comportarme como se esperaba de mí.  Fue así como quedé atrapada entre las dos únicas opciones que conocía, ser quien era y renunciar a mis sueños  o adaptarme a lo que se me pedía. Sin comprenderlo del todo elegí la segunda. El precio que pagué fue perder en el camino a la niña que sí era y, con ella, a la mujer que podía llegar a ser.

¿Y quién era Vanessa antes de aprender a esconderse?

Soy una niña. No debo tener más de ocho años. Estoy en mi laboratorio secreto que se encuentra bajo el granado de la casa de mi abuela. Me gusta sentarme sobre las raíces expuestas del árbol, en medio del zaguán adoquinado. Detrás del granado, cercado por una malla, está el jardín donde ella cultiva sus plantas y sus flores. Para entrar hay que rodearlo hasta encontrar una pequeña puerta frente a la cocina, evitando pasar frente a la recámara de mis abuelos y cuidando nadie nos vea.

Frente a mi está mi primo Sergio, a quien le decimos Yeyo, tiene diez u once años. Me gusta mucho jugar con él, me gusta verlo concentrado en la creación de nuestras pócimas. Es largirucho y mucho más alto que yo lo que le permite alcanzar las flores y las plantas que quedan fuera de mi alcance. Pero lo que más me gusta es de él es que disfruta de estar conmigo en nuestro laboratorio secreto, que prefiere estar machacando flores a mi lado en lugar de jugar a los carritos o al futbol, cómo los otros niños de su edad.

Juntos vamos y venimos. Entramos al jardín,  traemos nuevas plantas, las trituramos, las revolvemos, y las distribuimos en pequeños recipientes. No se a que espíritus estamos invocando y no me importa. Tampoco se exactamente lo que estamos tratando de inventar pero los dos estamos convencidos de que estamos haciendo algo realmente importante.

Con Yeyo yo era yo, excavaba, me ensuciaba, emprendía aventuras hacia los confines del pequeño jardín interno, robaba las flores mágicas para las pócimas y conjuraba para activarlas.  Eramos dos niños aprendiendo a ser mientras jugábamos, con toda la inocencia que eso implica. Pero los adultos no veían con buenos ojos que nuestro vínculo fuera tan fuerte.

No puedo recordar si el laboratorio secreto fue cosa de una vez o si era escena que repetíamos. Lo que podría ser un recuerdo bonito es una memoria agridulce que aún me remueve al contarla.

Aún puedo sentir el miedo y la vergüenza de aquella niña cuando mi abuela descubre que estábamos cortando sus flores.No recuerdo que nos dice pero todavía siento su enojo en el cuerpo. Estábamos destruyendo las flores que ella cuidaba tanto. Me siento mal por ella, no sabía cuanto le importaban. Quiero explicarle que no las estamos destruyendo, que las estamos transmutando en quien sabe qué, pero no puedo decir nada, se me ahoga la voz. Siento que mi mamá me retira de manera brusca del juego mientras mi abuela me reprende. Parece querer protegerme pero también está enojada conmigo y no comprendo que está pasando. ¿Qué es aquello tan malo que hice?

Mi mamá me pide que observe a mis primas, las cuatas, sentadas tranquilamente viendo la tele con mis tías.

¿Por qué no puedes ser como ellas?

Con el tiempo he comprendido que no hay nada de malo en ser como mis primas, así como no hay nada de malo en ser como yo soy. Pero en aquel momento aprendí algo distinto: ser como yo era traía consecuencias indeseables, no solo para mí, sino también para quienes se relacionaban conmigo. Según aquella lógica, no era propio de un niño jugar así con su primita de ocho años, ni de una niña buena jugar así con su primo mayor y, encima de todo, destruir las plantas de su abuelita.

Esta historia es una de tantas en donde hubo reprimendas que incluso llegaron a ser físicas, aprendi que mis acciones, o  ser como yo era, podía poner en riesgo mi seguridad.

La época de juegos infantiles con mi primo terminó aquella tarde, en que, en ese mismo zaguán mi papá alterado y enojado me bajó de los hombros de Yeyo mientras jugábamos al caballito. Me dio un par de nalgadas frente a todos mis tíos que me observaban desaprobación por ser una niña “llevada”. Yeyo y yo no volvimos a jugar nunca al laboratorio secreto. Tampoco seguimos siendo amigos, apenas nos dirigíamos la palabra. Me pregunto si el recuerda que alguna vez jugábamos juntos.

La mujer que llegué a se construyó a partir de aquella niña que fue perdiéndose en momentos como estos. Mis vínculos con los hombres quedaron divididos entre la mujer que quería inventar mundos con ellos y la mujer que buscaba la tomaran en serio. La misma división apareció en el trabajo, en mis amistades y en muchos otros espacios en mi vida.

Pero esta historia no se trata únicamente de los vínculos entre hombres y mujeres, aunque puede ayudarnos a comprender porque estamos tan divididos. Para mí, habla del precio que pagamos cuando dejamos de vivir de manera genuina. Al impedir que nuestra propia voz hable podemos quedar atrapados en situaciones en las que ya no queremos estar y huir de aquellas que podrían hacernos bien. En un mundo donde casi todos representamos el papel que se espera de nosotros, resulta difícil distinguir a donde pertenecemos.

No me arrepiento completamente de haberme adaptado. Honro a la Vanessa que hizo todo lo que consideraba necesario para sobrevivir en medio de la confusión que le produjo su educación de niña buena. Gracias a esa pequeña estratega, que me ayudó a sortear este mundo fragmentado, pude construir muchos aspectos de la vida que anhelaba y alcanzar la libertad que hoy tengo. He logrado grandes cosas y me siento orgullosa de mí.

Al mismo tiempo, la estrategia duró tantos años que se me fue olvidando que deseaba realmente, que cosas me gustaban y que cosas no quería para mí.

Aprendí tanto a ocultar lo que sentía que terminé tolerando situaciones que me produjeron mucho dolor.

Hoy no puedo saber en quien me hubiera convertido si aquella niña que era hubiera podido seguir libremente su verdadera naturaleza.

La mujer que soy se construyó entre contradicciones, y he aprendido a amarla así. Si te cuento esta historia, no es porque quiera que me consideres una víctima. Te la cuento porque creo que ninguna niña debería fragmentarse para contar con la posibilidad de desarrollarse.

La mía es una entre muchas historias de mujeres con naturalezas distintas que fueron moldeadas para caber, entrenadas para competir entre ellas y buscar la aceptación de una mirada que está muy lejos de ser propia. Estoy convencida de que estas reglas que todos aprendimos producen una desigualdad que concede ciertos privilegios a los hombres, aunque no por ello dejan de fragmentarlos también. No se si el daño es equivalente para ambas partes pero se que todos terminamos relacionándonos desde personajes aprendidos. Cuando nadie puede mostrarse completo construimos vínculos a medias.

Cuando nos ocultamos para pertenecer, nos hacemos daño a nosotros mismos y a los demás. Cuando callamos verdades que podrían cambiar las decisiones de otras personas, también limitamos su libertad. Vivir de manera genuina no significa revelar todo lo que hacemos o somos. Significa dejar de fingir que pensamos, sentimos o queremos algo distinto de lo que verdaderamente somos.

Hoy vuelvo a acercarme al laboratorio secreto. Estoy sentada sobre las raíces del granado, todavía sin saber que hacer. Aún siento miedo de ir a cortar flores y estoy intentado recordar como hacer pócimas secretas. Pero al menos ya estoy sentada en el lugar al que pertenezco. Y mientras permanezco ahí, inmóvil, me acompaña un solo pensamiento hecho conjuro:

Espero que las niñas puedan jugar.


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