¡Hola!
En el episodio anterior: Flujómetro Parte 1, se planteó la idea de cómo fluye la vida de una persona, haciendo una analogía con las diferentes formas de fluir del agua. En dicho episodio se mencionaron 5 tipos de flujo: Borbotón, Chorro de bombero, Chorro, Chorrito y Chisquete, de los cuales se describieron el Borbotón y el Chorro de bombero.
A continuación, se describen los faltantes y la invitación a reflexionar sobre su posible aplicación en nuestras vidas.
Chorro (ritmo constante)
Un chorro mantiene un movimiento constante, aunque con una intensidad más moderada.
En esta analogía encontramos a una persona que tiene un buen nivel de satisfacción con su vida, aunque identifica varios aspectos de sí misma que quisiera mejorar.
Su salud puede estar en un punto aceptable. La cuida cuando puede, aunque no necesariamente ocupa uno de los primeros lugares en su lista de prioridades.
Procura dedicarse a actividades que disfruta, pero también puede tomar decisiones prácticas. Por ejemplo, elegir un trabajo que le ofrezca mejores condiciones económicas aunque no sea exactamente aquello que le apasiona.
Su vida social puede ser suficiente, aunque no necesariamente ocupa un lugar central en su vida. Puede mantener relaciones cercanas y, al mismo tiempo, tomar distancia de aquellas personas con quienes existen conflictos frecuentes.
En el ámbito emocional puede experimentar diferentes estados con relativa frecuencia: algunos periodos de entusiasmo y optimismo y otros de tristeza, preocupación o incertidumbre.
Su funcionamiento cotidiano también puede variar. Hay momentos en los que toma decisiones con claridad y otros en los que necesita más tiempo para saber qué hacer.
Es, quizá, uno de los flujos más comunes: una vida que avanza, con momentos de mayor claridad y otros en los que es necesario detenerse, ajustar el rumbo y continuar.
Chorrito (flujo pausado)
Ahora imaginemos un flujo más pequeño.
Un chorrito podría representar una etapa o una forma de vida en la que la satisfacción personal se encuentra más limitada.
Hay pocas actividades que realmente despierten entusiasmo. Algunos aspectos de la propia vida son conocidos y otros todavía no se han explorado demasiado, por lo que tampoco siempre existe claridad sobre qué se quisiera cambiar.
La salud puede recibir atención principalmente cuando aparece alguna molestia importante, en lugar de formar parte de un cuidado constante.
En el ámbito laboral, puede existir una mayor prioridad por la estabilidad económica o por resolver las necesidades inmediatas que por encontrar una actividad que resulte verdaderamente significativa.
Las relaciones pueden ser variables y, en ocasiones, complicadas. Esto puede incluir las relaciones familiares, de amistad o de pareja.
Emocionalmente pueden aparecer con frecuencia el enojo, la tristeza, la preocupación o la sensación de estar atrapado en una situación. Los momentos agradables también existen, pero pueden sentirse menos frecuentes.
Cuando las circunstancias se vuelven difíciles, puede resultar complicado tomar decisiones o asumir ciertos cambios. En consecuencia, puede aparecer una mayor necesidad de apoyo de otras personas.
No necesariamente se trata de una condición permanente.
Puede ser simplemente una etapa de la vida en la que el flujo se ha reducido y en la que quizá sea necesario recuperar poco a poco el movimiento.
Chisguete (contención o estancamiento)

Finalmente, pensemos en un chisguete: un flujo muy pequeño, que apenas alcanza a mantenerse en movimiento.
Aquí podríamos encontrar a una persona que atraviesa una etapa de muy baja satisfacción con diferentes aspectos de su vida.
Puede haber poco interés o entusiasmo por las actividades cotidianas. El cuidado de la salud puede quedar relegado hasta que una situación se vuelve imposible de ignorar.
El trabajo o la actividad principal puede sentirse principalmente como una obligación necesaria para resolver las necesidades del día a día.
Sus relaciones pueden estar marcadas por conflictos frecuentes, dificultades para establecer límites o situaciones que generan desgaste.
Emocionalmente pueden aparecer de manera persistente sentimientos como enojo, tristeza, angustia, frustración o desesperanza. En algunos casos, la persona puede sentirse atrapada en una forma de vivir que ya no sabe cómo modificar.
También puede existir una fuerte dependencia de otras personas para tomar decisiones o resolver situaciones cotidianas.
Cuando el flujo llega a este punto, quizá la pregunta más importante ya no sea cuánto estamos avanzando, sino qué necesitamos para volver a movernos.
Y aquí vale la pena hacer una pausa.
Porque esta metáfora no pretende decir que alguien es un “chisguete”, un “chorrito” o un “borbotón”.
No somos una sola cosa.
Nuestra vida cambia. Hay temporadas en las que avanzamos con mucha energía y otras en las que apenas podemos mantenernos en movimiento.
Podemos tener un flujo muy intenso en nuestra vida profesional y, al mismo tiempo, sentirnos detenidos en nuestras relaciones. Podemos cuidar mucho nuestra salud y no tener claridad sobre nuestro propósito. Podemos tener excelentes relaciones y estar atravesando dificultades económicas.
Por eso, quizá el verdadero valor del flujómetro no está en preguntarnos: “¿Qué tipo de persona soy?”
Sino en preguntarnos: “¿Cómo estoy fluyendo hoy?”. ¿En qué aspectos de mi vida siento movimiento? ¿En cuáles me siento detenido? ¿Qué cosas están funcionando? ¿Y qué cosas necesitan atención?
Porque el agua no siempre fluye de la misma manera. A veces se detiene. A veces encuentra obstáculos. A veces cambia de dirección. A veces aumenta su fuerza. Y a veces, simplemente, necesita encontrar nuevamente por dónde pasar.
Así que la próxima vez que observes tu vida, quizá puedas hacerte una pregunta sencilla: ¿Cómo está fluyendo mi vida hoy? O
¿Con que intensidad me gustaría que fluyera mi vida?
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